Me enamoro de ciudades cuales no he pisado, paisajes que aún no admiro y personas desconocidas.
Feb 13, 2026
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Solía ser fiel creyente de que el mejor superpoder que podríamos desear era la capacidad de teletransportarse, hasta que comencé a viajar. No sólo a conocer distintos lugares, sino a viajar. Qué miseria es reducir una sublime vivencia a un único momento.
Puedo afirmar que mucha gente conoce muchos lugares, pero muy poca ha viajado en su plenidad y se ha sumergido en la experiencia completa. Hay viajeros que han recorrido 200 kilómetros fuera de casa e interiorizan con mayor certeza lo que conlleva esta aventura, que otros quienes se han encontrado en 15 países distintos, a 7.000 kilómetros de distancia de donde habitan y aún así no han conocido su belleza.
Entonces, ¿cómo realmente nos convertimos en verdaderos viajeros? Por supuesto que la respuesta que estoy por dar se ajusta a mi propio criterio, pero es de gran anhelo mío contagiar a todo ojo que me lea, y es así que lo voy a intentar. La clave es enamorarse. Enamorarse de nuestro destino con todo lo que atesora.
El amor se construye, se vive, se deja ir, pero por sobre todo se comparte. Amar el lugar hacia donde nos dirigimos no implica una foto bonita o una habitación con vista panorámica, o al menos no para mí.
Para enamorarse del destino hay que compartir.
Compartir con la ruta, sean 20 horas en auto o medio día a pie.
Compartir con nuestra compañía, una pareja, un hermano, un desconocido pronto a conocer, o simplemente con uno mismo (me atrevo a refutar que eso es aún más complicado).
Compartir con la cultura, un plato de plástico en la vereda servido por un local, a veces es más valioso que un menú de tres pasos en una terraza. Intentar un gracias, buenos días y por favor en la lengua regional puede alegrarle el día a un lugareño que busca ayudarte.
Compartir con el presente, reírnos, llorar, escuchar, apreciar e incluso gritar.
Y compartir por último con el más importante, pues es el que perdura, el recuerdo. Lo que uno recuerda nunca muere. Las hazañas de boca en boca, o plasmadas en papel, nunca mueren. Las vivencias confluyentes nunca mueren. Aquel viaje que te marcó nunca muere. Todo revive a través de amor.
No repetiría mi elección de considerar el teletransportarse como el superpoder cual quisiera adquirir, por el hecho de que no me sería posible seguir amando viajar.
Confío en que cada lector ejercite en carne viva mi relato, razón por cual lo comparto, y que su devoción por aventurarse en el mundo lo lleve a enamorarse de cada destino que elija.
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