Me acordé de ti
I
En otra época donde el tiempo caminaba despacio y la luna parecía quedarse despierta hasta el último suspiro del día, cuentan los viejos árboles que existió un cuervo errante cuya historia el viento aún repetía, nadie conocía el lugar de su nacimiento ni el motivo de su partida, sólo sabían que llevaba las alas rotas y el corazón acostumbrado a la huida.
Desde pequeño aprendió que el mundo podía ser un sitio de espinas y crueldad sin medida, cada bosque escondía una trampa, cada sendero prometía otra caída, había visto demasiadas manos alzarse con el deseo de herir, como si algunos corazones encontraran belleza en ver sufrir.
Más de una vez intentaron arrancarle las alas para colgarlas como un trofeo de vanidad, más de una vez tuvo que esconderse entre ruinas esperando que el amanecer sintiera piedad, aprendió a dormir con un solo ojo abierto y el pecho lleno de temor, porque cuando la vida sólo conoce el rechazo, hasta el silencio parece un cazador.
Jamás construyó un nido, jamás llamó hogar a ningún lugar, vivía siguiendo el camino de la lluvia sin saber dónde terminar, cuando el invierno abrazaba los montes buscaba cuevas donde la luna pudiera entrar, porque entre todas las cosas del mundo, la luna era la única que nunca dejaba de regresar.
Le gustaba hablar con ella aunque jamás recibiera contestación, le contaba de los bosques que cruzaba y de cada nueva decepción, imaginaba que si la luna podía verlo desde tan arriba y tan lejos, quizá todavía existía un rincón donde no hubiera miedo ni desprecio.
Cada amanecer emprendía otro vuelo con las plumas más pesadas que el anterior, llevaba cicatrices sobre las alas y otras escondidas en un sitio mucho peor, porque las heridas del cuerpo aprenden a cerrar con el paso de los días, pero hay otras que construyen su hogar entre las costillas vacías.
Una tarde el cielo descargó una tormenta que parecía no querer terminar, el viento golpeó sus alas hasta impedirle continuar, voló cuanto pudo buscando un refugio donde descansar, pero las fuerzas abandonaron su cuerpo... y el mundo lo vio caer sin preguntar.
Despertó envuelto entre mantas, rodeado por el perfume de hierbas y de algún remedio que no conocía, el dolor seguía allí, aunque por primera vez no venía acompañado por la agonía, frente a él había una joven de mirada cansada y manos llenas de calma, una curandera que parecía haber aprendido a remendar cuerpos mientras ocultaba las grietas de su alma.
Ella no preguntó de dónde venía ni por qué temblaba al despertar, tampoco intentó acercarse cuando el cuervo retrocedió por miedo a confiar, dejó un pequeño cuenco con agua, algunas semillas y abrió la ventana para que pudiera marchar, porque comprendía que hay criaturas tan heridas que primero necesitan elegir quedarse antes que aprender a amar.
El cuervo no entendía aquella bondad, la observaba desde un rincón con enorme confusión, esperaba que en cualquier momento llegara el golpe, el grito o la traición, pero los días pasaban despacio igual que una vieja melodía, y la única cosa que aquella mujer parecía ofrecer era paciencia y compañía.
Cuando cambiaba la tarde por la noche y el cielo comenzaba a florecer, ella salía hasta el viejo balcón antes de que la luna pudiera aparecer, cerraba los ojos y regalaba al viento una canción que parecía abrazar la oscuridad, una melodía tan dulce que hasta el silencio olvidaba su soledad.
El cuervo la escuchaba escondido detrás de la ventana sin hacer el menor ruido, como quien teme despertar de un sueño demasiado querido, jamás había escuchado una voz capaz de espantar sus viejos temores, era como si cada nota pudiera cubrir de primavera los inviernos interiores.
Y sin darse cuenta, por primera vez desde que aprendió a volar, dejó de mirar el horizonte buscando un sitio donde escapar, porque había encontrado algo que nunca creyó merecer en toda su travesía... un lugar donde nadie respondía al miedo con odio, sino con una sencilla y luminosa compañía.
II
Los primeros días fueron extraños, el cuervo apenas se atrevía a respirar, observaba cada movimiento de la curandera preparado para escapar, no porque ella despertara miedo en su mirar, sino porque había aprendido que toda bondad alguna vez terminaba por cambiar.
Ella parecía comprender aquel lenguaje tejido con silencio y con temor, nunca extendía la mano más allá de donde comenzaba su dolor, dejaba semillas junto a la ventana y una pequeña vasija con agua al amanecer, después sonreía en voz baja... y volvía a desaparecer.
El cuervo esperaba largos minutos antes de dar un solo paso, miraba a ambos lados como quien sospecha de cada abrazo, tomaba una semilla, luego otra, y regresaba a su rincón, creyendo que en cualquier momento llegaría el castigo por aquella pequeña decisión.
Pero el castigo nunca llegó.
Y los días siguieron naciendo con la misma tranquilidad, como si aquella casa hubiera olvidado la palabra crueldad, el viento seguía entrando por la ventana con olor a romero y a ilusión, mientras la curandera silbaba bajito al preparar cada infusión.
Con el paso del tiempo las vendas comenzaron a desprenderse de sus alas, las heridas dejaron de sangrar bajo las primeras luces claras, el dolor ya no gobernaba cada pluma ni cada respiración, aunque todavía quedaban cicatrices viviendo alrededor del corazón.
Una tarde ella se sentó junto a la ventana con un viejo libro entre las manos, comenzó a leer en voz alta historias de mares, montañas y veranos, el cuervo no entendía el significado de cada oración, pero encontraba refugio en la música escondida dentro de su entonación.
Desde aquel día repitieron el mismo ritual con dulce devoción, ella leía mientras él escuchaba desde el borde del balcón, a veces el viento arrancaba una hoja y la dejaba bailar, y ambos seguían su vuelo hasta perderla detrás del pinar.
Cuando caía la noche regresaban aquellas canciones que parecían abrazar el firmamento, cada nota viajaba despacio como si quisiera detener el tiempo, el cuervo cerraba los ojos y movía apenas el pico siguiendo el compás, soñando con que algún día su voz pudiera acompañarla sin mirar atrás.
Ensayaba cuando ella dormía y la luna vigilaba el lugar, intentaba repetir aquellos sonidos que la oía regalar, pero de su garganta sólo nacían murmullos pequeños, tan frágiles como los primeros sueños.
Al escucharse guardaba silencio con cierta desilusión, escondía la cabeza bajo el ala para ocultar su confusión, pensaba que jamás lograría pronunciar una palabra con claridad, que había nacido para entender el amor... pero no para decirlo de verdad.
Sin embargo la curandera parecía descubrirlo todo sin necesidad de mirar, porque una mañana dejó sobre la baranda una pequeña flor de azahar, acarició con cuidado las plumas oscuras sobre su cabeza y sonrió con infinita delicadeza.
El cuervo no huyó.
Por primera vez desde que el mundo le enseñó a desconfiar, permitió que unas manos tocaran sus alas sin intentar escapar, cerró los ojos apenas un instante, vencido por aquella sensación, y descubrió que una caricia también podía convertirse en un hogar para el corazón.
Aquella noche la luna brilló con un resplandor distinto sobre el balcón, la curandera cantó como siempre... pero el cuervo, escondido entre la emoción, dejó escapar un murmullo tan pequeño que casi se confundió con el viento al pasar.
Ella levantó la mirada...
Sonrió...
Y siguió cantando como si acabara de escuchar la melodía más hermosa del lugar.
III
Con el paso de las lunas el invierno dejó de vivir entre sus alas, el dolor comenzó a despedirse igual que la escarcha abandona las ramas cuando despierta la mañana, y aunque las cicatrices jamás olvidaron su lugar, ya no dolían con la misma fuerza cada vez que intentaba volar.
La curandera había descubierto que aquel viejo viajero entendía mucho más de lo que aparentaba, por eso le hablaba mientras molía hojas, mezclaba raíces o encendía el fuego que calentaba la casa, le contaba cómo había sido su día, los nombres de las flores que acababan de nacer, las historias que guardaba cada estrella cuando comenzaba el anochecer.
El cuervo jamás respondió con palabras, todavía no sabía cómo hacerlo sin sentir temor, pero inclinaba la cabeza cada vez que escuchaba el sonido de su voz, como si aquella melodía fuera capaz de acomodar las piezas rotas que llevaba escondidas en el interior.
Una mañana ella encontró una pluma negra sobre la ventana.
La sostuvo entre sus dedos, sonrió con esa dulzura que sólo conocen quienes todavía saben mirar con el alma, y la dejó descansar entre las páginas de uno de sus libros como si acabara de recibir el más hermoso de los regalos.
Desde aquel día el cuervo comenzó a recorrer los alrededores buscando pequeños tesoros para ella, una piedra redonda donde la lluvia había dibujado un corazón, una ramita con la forma de una estrella, una flor que el viento había dejado dormir sobre la hierba, cualquier cosa parecía suficiente si lograba regalarle una sonrisa.
Y siempre ocurría.
La curandera recibía cada obsequio como si el mundo entero no pudiera ofrecerle nada mejor, los acomodaba junto a la ventana, los limpiaba con cuidado, los observaba durante largos instantes, mientras el cuervo fingía mirar hacia otro lado para ocultar la alegría que le nacía bajo las plumas.
Con el tiempo dejó de esconderse cuando ella cruzaba la habitación.
Ya no esperaba detrás de los muebles ni observaba desde las vigas del techo.
Ahora caminaba despacio a su alrededor, siguiendo el sonido de sus pasos como quien sigue una canción aprendida de memoria, porque había descubierto que algunas personas no llegan para cambiar el mundo... llegan para cambiar un solo corazón.
Cada atardecer encontraba su lugar sobre la baranda del balcón antes de que apareciera la luna, y apenas la curandera abría la puerta, él acomodaba sus alas con ese nerviosismo que sólo conocen quienes esperan el instante favorito de todo el día.
Ella cantaba.
Siempre cantaba.
Había noches donde el viento parecía detenerse para escucharla, los árboles dejaban de moverse, hasta las estrellas daban la impresión de acercarse un poco más al viejo balcón.
El cuervo cerraba los ojos.
Movía el pico siguiendo el compás.
Intentaba repetir cada nota cuando ella respiraba entre una estrofa y la siguiente.
De su garganta sólo nacían pequeños murmullos, torpes, temblorosos, apenas un eco de aquella melodía.
Entonces ocurría algo que él nunca lograba comprender.
La curandera reía.
No se burlaba.
No corregía.
No se marchaba.
Sólo reía con una ternura inmensa y volvía a comenzar la canción desde el principio, como si quisiera regalarle otra oportunidad.
Noche tras noche el mismo ritual se convirtió en la costumbre más hermosa de sus vidas.
Él esperaba la luna.
Ella esperaba la noche.
Y la noche parecía esperar a los dos.
Sin darse cuenta, el cuervo dejó de preguntarle al cielo dónde encontrar un hogar.
Porque el hogar ya no era un bosque.
Ni una cueva.
Ni una montaña.
El hogar tenía un viejo balcón de madera, una voz que cantaba mirando la luna... y dos manos capaces de acariciar unas alas que el resto del mundo sólo había querido romper.
Y por primera vez desde que abrió los ojos al mundo, el cuervo dejó de sobrevivir.
Aprendió, al fin, lo que significaba vivir.
IV
Las estaciones siguieron danzando alrededor de aquella pequeña casa, la lluvia aprendió el camino del tejado, las flores nacían junto al sendero como si también hubieran encontrado un motivo para quedarse, y el cuervo llegó a creer que aquella calma duraría tanto como la luna.
Ya no contaba los días por la salida del sol.
Los contaba por las canciones.
Cada melodía era una promesa.
Cada noche un nuevo comienzo.
Cada amanecer la certeza de que el mundo, por fin, podía ser un sitio amable.
Había tardes donde la curandera regresaba con el cansancio dibujado sobre los hombros.
Entonces el cuervo descendía desde el balcón y caminaba despacio hasta encontrarla.
Ella sonreía apenas lo veía.
Se sentaba sobre el viejo escalón de madera.
Y él acercaba su cabeza con timidez.
La curandera acariciaba aquellas plumas oscuras como quien acomoda un recuerdo que no desea perder.
No había ruidos, ni murmullos.
No hacía falta.
Habían aprendido un idioma donde el silencio también significaba compañía
Algunas noches ella olvidaba una taza sobre la baranda.
Otras dejaba abierto su libro favorito para continuar la lectura al día siguiente.
El cuervo comenzó a creer que aquellas pequeñas costumbres durarían toda la vida.
Porque el corazón, cuando al fin encuentra un refugio, olvida que el mundo también sabe cambiar.
Hasta que llegó aquella noche.
La luna apareció detrás de los árboles con el mismo brillo de siempre.
El viento traía el perfume de las mismas flores.
El cuervo ocupó su lugar sobre la baranda unos minutos antes de la hora acostumbrada.
Esperó.
La puerta no se abrió.
Pensó que la curandera todavía estaría ocupada.
Esperó un poco más.
El cielo se llenó de estrellas.
La puerta siguió cerrada.
Pensó que quizá el cansancio la había vencido.
Esperó hasta que la luna quedó suspendida justo encima del tejado.
El balcón permaneció en silencio.
Por primera vez desde que llegó a aquella casa...
No hubo canción.
El cuervo no quiso marcharse.
Durmió sobre la baranda esperando verla salir al amanecer.
Pero el alba llegó sola.
Las primeras luces tocaron la madera.
La taza seguía donde ella la había dejado la noche anterior.
El libro permanecía abierto en la misma página.
Las flores continuaban moviéndose con el viento.
Sólo faltaba ella.
Durante los días siguientes el cuervo regresó una y otra vez.
Esperaba desde el amanecer.
Esperaba al mediodía.
Esperaba cuando el cielo comenzaba a pintarse de naranja.
Esperaba hasta que la luna ocupaba su lugar.
Y cada noche el silencio respondía antes que la puerta.
El miedo volvió a construir un nido dentro de su pecho.
No era el mismo miedo de los cazadores.
Ni el de las tormentas.
Era otro.
Uno mucho más profundo.
El miedo de comprender que incluso los lugares más hermosos podían quedarse vacíos.
Una tarde entró a la casa.
Nunca lo había hecho.
Recorrió cada habitación con pasos lentos.
Reconoció el aroma de las hierbas.
Las mantas dobladas.
Los remedios sobre la mesa.
La pluma negra seguía guardada entre las páginas de aquel viejo libro.
Los pequeños regalos que le había llevado descansaban junto a la ventana.
Todo parecía esperarla.
Todo...
Menos ella.
El cuervo volvió al balcón cuando cayó la noche.
Miró la luna.
Abrió el pico con todas sus fuerzas.
Intentó cantar la melodía que tantas veces había escuchado.
Pero de su garganta sólo nació un murmullo roto.
Tan pequeño...
Que el viento se lo llevó antes de que pudiera terminar.
V
El cuervo permaneció durante muchas lunas sobre aquella vieja baranda de madera, convencido de que cualquier noche la puerta volvería a abrirse y aparecería, como tantas otras veces, la figura serena de la curandera.
El verano pasó.
Después llegó el otoño.
Más tarde el invierno cubrió los caminos con un manto plateado.
Y él seguía allí.
Cada amanecer miraba la puerta con la misma ilusión.
Cada anochecer levantaba la vista buscando aquella voz.
Cada madrugada dormía apenas unos instantes, temiendo que justo mientras cerrara los ojos ella regresara al hogar.
El hambre comenzó a vencer la paciencia.
Las fuerzas volvieron a abandonar sus alas.
Y una mañana, con el corazón temblando igual que la primera vez que cruzó aquella ventana, reunió el valor suficiente para entrar de nuevo a la casa.
Todo era distinto.
El aroma de las hierbas había desaparecido.
Las mantas ya no descansaban sobre la vieja silla.
Los frascos de cristal donde guardaba remedios habían dejado su lugar vacío.
Las cortinas ya no danzaban con el viento.
La casa seguía en pie...
Pero el hogar había partido.
El cuervo caminó despacio entre cada habitación.
No encontró desorden.
No encontró abandono.
Todo había sido recogido con el mismo cuidado con el que alguna vez vendaron sus alas.
Era como si alguien hubiese abrazado por última vez cada rincón antes de marcharse.
Entonces levantó la mirada.
El estante donde descansaba aquel viejo libro permanecía vacío.
Y por un instante recordó aquella mañana lejana en la que dejó una pequeña pluma negra sobre la ventana.
Recordó las manos de la curandera guardándola entre aquellas páginas con una sonrisa que nunca aprendió a olvidar.
El libro ya no estaba.
La pluma tampoco.
El cuervo permaneció inmóvil.
No comprendía el motivo de aquella partida.
No sabía hacia dónde había volado la vida de la curandera.
Pero entendió algo que sostuvo su corazón durante muchos años.
Ella no había olvidado aquel regalo.
Se lo había llevado consigo.
Aquella certeza fue tan pequeña como una pluma...
Y tan inmensa como el cielo.
Esa misma tarde el cuervo abandonó la casa.
No porque quisiera.
Porque comprendió que ya no quedaba nadie a quien esperar detrás de aquella puerta.
Volvió a extender las alas.
Atravesó bosques donde nadie conocía su historia.
Cruzó montañas que jamás habían escuchado aquella canción.
Sobrevoló ríos, pueblos y ciudades donde cientos de balcones miraban a la luna.
Y en cada uno de ellos se detenía unos instantes.
Esperaba.
Escuchaba.
A veces alguna mujer comenzaba a cantar.
El corazón del cuervo latía con tanta fuerza que casi olvidaba respirar.
Volaba hacia aquella voz.
Pero al acercarse descubría otro rostro.
Otra melodía.
Otra vida.
Entonces levantaba el vuelo una vez más.
Los años comenzaron a escribir su paso sobre las plumas oscuras.
Algunas se volvieron grises.
Otras cayeron durante el camino.
Su vuelo ya no era veloz como antes.
Pero nunca dejó de mirar balcones.
Nunca dejó de escuchar canciones.
Nunca dejó de creer que, en algún rincón del mundo, la luna volvería a iluminar aquella voz que una vez le enseñó que incluso un corazón roto podía aprender a sentirse en casa.
Y una noche, después de recorrer un cielo que ya no prometía respuestas, el viejo cuervo sintió el peso de todos sus inviernos sobre las alas.
Cansado.
Herido.
Con el corazón remendado por recuerdos imposibles de olvidar.
Se posó sobre la rama más alta de un viejo árbol y levantó la mirada hacia la luna, la misma luna que tantos años atrás había escuchado cantar a la curandera mientras él apenas aprendía a murmurar junto a ella.
Comprendió que había pasado la vida buscándola.
Y que, aunque el destino jamás volviera a cruzar sus caminos, existía un lugar donde nadie podría arrebatársela.
Su memoria.
Entonces el miedo dejó de perseguirlo.
La soledad dejó de doler como antes.
Porque descubrió que quien ama de verdad nunca viaja completamente solo.
El viento acarició sus plumas una vez más.
La luna volvió a guardar silencio.
Y el cuervo lo único que aprendió a decir después de buscarla y verla partir fue me acordé de ti.

Nicolas Olarte
Escribo poesía y compongo piezas instrumentales para crear atmósferas, cada texto tiene un sonido; cada sonido nace de lo no dicho.
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