Quizás escribir no sea una forma de entenderme, sino una forma de acompañar toda esa soledad que me deja un sabor amargo, esa angustia que a veces parece no tener nombre.
Sigo aprendiendo de mí, de cómo soy y de lo que siento. Porque nadie más que yo puede salvarme de ahogarme entre mis lágrimas cuando solamente yo me escucho. Quizás nunca grité auxilio porque jamás aprendí a hacerlo. O quizás porque pedir ayuda siempre me sonó a molestar a alguien que también carga con su propio dolor.
No sé qué pensarán de mí los demás. Pero en noches como esta, donde el frío abraza mi ventana y la luz del comedor se cuela por la orilla de la puerta, mientras todo a mi alrededor es silencio y oscuridad, me invaden mil recuerdos, diez sentimientos y dos lágrimas que se empeñan en ser las protagonistas de este sabor amargo
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