Sentada en el muelle, chapoteaba descalza, para no aburrirse. La caña permanecía inmóvil, mientras la marea apenas si dibujaba alguna que otra ola. El mundo se había callado. Y eran apenas susurros los que buscaban hablarle: un aleteo esporádico, el respirar de los peces en pequeñas burbujas, las ramas acariciadas por el viento, y uno que otro roedor escondiéndose bajo la tierra. Tal vez existiera el ruido. Más allá del agua. De su brazo inerte. O del sol que, para el mediodía, ya aparentaba ser inmortal.
Un panadero sobre su rodilla. Cayó suavemente y de imprevisto, como si hubiera nacido de entre las nubes. Como si lo hubiera formado el aire mismo, que lo arrastraba a él y a tantas otras cosas. Movía impulsos. Generaba derrames. Pensamientos que solo existían cuando había frescura. Nacían y avanzaban errantes, luego el calor los estancaba, los volvía blancos, hasta que la tarde y su brisa volvían a empujarlos, aún más rápido que antes. Y así, transcurrían sus días en el río. Parecían indolentes, pero eran todo lo contrario.
Cuando recibió el llamado, supo que no le quedaba mucho tiempo. Que todo sería abrumador a partir de aquel momento. Extrañaría el silencio. La compañía de los pasos lentos, sobre zapatos que no se escuchan. Querría sorprenderse con esos pequeños regalos que, como pelos, se desprenden de los árboles. Pero todo sería rígido, como postes. Encerado, como piso. Soñaría con madera porosa. Con ruidos tibios que la despierten. Cálidos, tal como el sol que apenas despierta y se asoma, aún atolondrado. Todavía descubriendo por donde salió. Desearía haber pescado algo, para llevarse de recuerdo. Algún caracol que encierre la marea. Para llevarsela con ella en ese viaje largo y agotador.
Así que se arrodilló sobre el muelle y hundió el brazo entre el pastizal alto, que brotaba, húmedo, entre las piedras y algunos juncos. Escarbó entre el barro, ennegreciendo sus uñas, multiplicando sus asperezas. Dió así con un caracol diminuto. Tanto que no cabría ni una olita. Asomó un ojo, apenas entrecerrándolo: no había bichito. Así que se lo llevó a su oreja y esperó. Esperó que el viento se tranquilizara. Que las hojas se aquieten, por un ratito. Solo cuando los peces dejaron de hacer burbujas, y los insectos dejaron de merodearla.
Por un breve instante, cuando todos supieron dormitar. Pudo entonces encerrar el río, para llevarlo a la ciudad.
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