La noche se pegaba a su piel como un velo que nadie podía levantar. Caminaba por la casa silenciosa, pensando que el mundo la había olvidado. Nadie vio cómo alguien irrumpió en su espacio, nadie escuchó su grito contenido.
El cuerpo no le pertenecía ya. Quedó un frío que ningún ángel podía calmar, un temblor que corría por las venas y se instalaba en la espalda. Lloró en secreto, no por la fuerza que le arrancaron, sino por la invisibilidad de su dolor.
Le dijeron que era elegida. Que su cuerpo era templo y su sufrimiento, destino. Nadie nombró la grieta que quedó dentro de ella, la sombra que se volvió compañera, las palabras que se atoraban en los labios, asustadas de cruzar el umbral de su boca.
Aprendió a sostener la luz como quien sostiene un espejo roto: con cuidado, con miedo de que se parta en mil pedazos. Caminó con el dolor, lo hizo suyo sin reclamarlo, lo llevó con la elegancia silenciosa de quien ha aprendido que nadie puede tocar lo que es íntimo, aunque todos crean conocerlo.
Y aun así, la historia la llama santa. Como si la vulnerabilidad pudiera convertirse en corona. Como si la fuerza de sobrevivir fuera una insignia. María se mantuvo de pie, más sola que nunca, más humana que todos los santos que la recordaban desde sus altares.
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