Nada más mañanero que un gallo, bueno si, un gallo cacareando apenas el sol da su primer rayo, sin embargo, todavía más mañanero, es mi padre Abraham levantándome para escuchar por la radio una carrera de jinetes que se estaba dando en el centro de la capital. Personalmente no soy una mujer que comparta muchas actividades con mi padre, pero esta me puede totalmente, la velocidad y el frenesí de los comentaristas, unido con la emoción de mi padre por oír el disparo de salida son sentimientos que no tiene ninguna familia del mundo. Realmente no hay razón para levantarse a escuchar cómo un par de hombres de traje, a los cuales no les conocemos el rostro, gritan desaforadamente mientras, al mínimo momento de calma en la carrera, deciden vender algún jabón líquido que quite hasta la más pequeña mancha.
Una vez culminada la carrera preparamos el desayuno, la actividad estaba por comenzar. Los huevos revueltos no me enloquecen, prefiero sentarme al rayo del sol a pelar una mandarina y escupir las semillas en un pequeño hueco en la tierra que armo con los talones.
Samara querida, voy a ir al pueblo a buscar lo necesario para la semana, espero llegar antes de lo que imagino, imagino que vas a salir a correr con Split ¿Cierto?
Obvio padre, nadie llega a las grandes pistas sin entrenar duro junto a su compañero, voy a sacar lo mejor de él y él sacará lo mejor de mí, no hay mejor combinación.
Deseo que así sea hija, mucha suerte, ya sabés que confío en vos más que en cualquier divinidad.
Padre partió viaje y tomé las riendas de Split y la mañana, como todos los días, me subí y me acosté boca abajo sobre su crin y luego de cinco minutos de conexión salimos a correr. Nunca sabré si la proyección de esas imágenes mías y de Split se volverán realidad, pero luchar cada día para lograrlo es lo más reconfortante que pueda haber. Fueron 21 vueltas a los campos de maíz hoy, a pura velocidad, nada que reprocharle a mi dulce tobiano. Tal como todos los días se lo ganó, volvimos a casa y le cedí una rica manzana del árbol que plantaron mis padres en casa el día que nací. Refrescantes manzanas, fieles acompañantes de mis sueños, espero no me lleven a los sueños de blancanieves.
Dos horas entre corridas y frutas para que por fin padre regrese, pan y fiambre, no hacía falta inventar nada para almorzar de manera familiera y sabrosa. Por el momento, me di el gusto de darle otra manzana a Split. Estaba a punto de caer dormida, pero padre tenía asuntos pendientes conmigo.
Sami, te tengo una sorpresa.
¿Me esperas que duerma un ratito? Después me la das que estoy cabeceando.
Salamín, te vas con Split a la clasificación de la carrera del viernes que viene.
¡No se jode con eso! Ya sabes lo mucho que me esfuerzo todos los días por estar ahí.
Hacé lo que quieras, acá tenés los certificados de inscripción, tengo un amigo que los puede llevar.
El camino fue complejo, fueron varias horas sin alimentar a Split, para que llegue con la ligereza justa para correr, no más manzanas por un rato.
Todavía no puedo dimensionar que el día llegó, me calcé el uniforme y me presentaron. Se escuchó con la potencia de todos los parlantes, con el número 66 Samara, cuota 8,7. No comprendo como no nombraron a Split, supongo que mi letra no fue la más clara. Fue un segundo, un parpadeo y se acabó, genuinamente no recuerdo nada, creo que quedé séptima, pero mi sueño estaba cumplido. Llevé a Split a su cubículo de descanso y me quedé charlando con él un momento. Definitivamente fue el sueño más insatisfactorio que jamás tuve, no me generó nada, le di a Split unas últimas tres manzanas, pero mañana volvíamos a entrenar.
Todo el viaje fue absurdo, compré un cajón de manzanas y lo dejé en el vagón trasero para que el tobiano más lindo pueda comer después de tanto estrés y sufrimiento. Preferí que se empache a manzanas.
Al llegar de regreso, padre me recibió con una sonrisa de oreja a oreja, con la particularidad que, el árbol de casa ya no estaba, una mugrosa planta de cardos la reemplazó. El jóven Abraham, que nunca pudo siquiera ver en persona una carrera en la gran ciudad, se moría de ganas por saber todo acerca de mi experiencia. Trajo el termo, el mate y nos sentamos al lado de los cardos, todo mientras Split observaba y saboreaba sus flores. Con una sonrisa fingida y palabras vacías evadí la profundidad de todas las preguntas de padre. Inhale la frescura de la brisa por unos minutos y le comenté que iba a salir a caminar. Le dí un beso en el ojo a Split, unas caricias y lo aprecié por un minuto, falto de brillo.
Muy breve, muy efímero, la sensación de triunfo y la caminata, cuánto será el amor que le tengo a padre o a mi misma si no lo vuelvo a intentar, en algo fallé, no quedé primera, no lo disfruté y me quedé sin manzanas, volví solo para demostrar que el cariño a mi corredor pueden con cualquier método artificial y desalmado, pero no termino de descifrarlo. En estos momentos solo hay que seguir las mariposas del estómago y encontrar fuerzas, aunque a veces puedan ser asesinas.
Jamás hubo susto tal, quedé aterrorizada y me congelé, pise algo arenoso, pero jugoso, una manzana, me detuvo de toda galopada que podía hacer para huir, fue entonces cuando me absorbió. Quedé completamente atrapada aquí dentro, no se si volveré a ver a padre, a Split o directamente a ver, pues la oscuridad me privó de ver cualquier señal de vida. Reflexioné y supe que siempre fui un gusano de fruta.
A la mañana siguiente, imagino que salieron a buscarme, no dormí, no volví a casa, estoy desaparecida. Se fueron oyendo gritos con mi nombre, soy un fantasma atrapado en el cuerpo de una manzana, escucho mi nombre y lloro, pero la desolación llegó en otro instante. Vi a padre darme la mano, pero no sentí mis dedos, solamente le alcanzó, una vez más, una manzana a Split. Espero que haya sido mi forma de devolverle esas mariposas en el estómago.
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