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Manual de la Invisibilidad y otros Pesares Silenciosos

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Jun 3, 2025

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Manual de la Invisibilidad y otros Pesares Silenciosos
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Nadie se detiene ni se percata de mi existencia. Tengo un rostro ordinario y me mezclo bien entre la muchedumbre desde que tengo uso de razón. Siempre se me dio bien el arte de camuflarme, de volverme invisible. Lo invisible no es notado, no existe, no tiene valor ni ocupa espacio. No tiene carga. Pero el corazón me pesa tanto como lo haría un ancla hundida en el fondo del mar. Y considero que la metáfora es tan exacta que hasta me provoca una sonrisa hueca: la ironía de la situación. No poder esconder mi corazón del mundo, no poder volverlo invisible como al resto de mí, es como gritar con la carne abierta. Es pedir —sin pedirlo— una estaca en el centro exacto de lo que aún late, exponerlo y desnudarlo de la forma más vil ante todo aquello de lo que fue protegido durante una vida entera de simulacros.

Hay días —más bien lapsos, porque los días ya no tienen forma para mí— en que la pesadumbre se instala con la eficiencia de una enfermedad crónica. No duele de manera aguda. No hiere como lo haría un cuchillo. Es más bien una costumbre: la costumbre del peso, del tedio, del existir como quien repite un gesto mecánico sin saber por qué ni para qué. El cansancio no es físico. El cuerpo aún camina, aún come, aún reacciona a la gravedad. Pero es como si el alma hubiese sido desalojada de su propio hogar y ahora viviera ocupando un espacio ajeno, incómoda entre muebles que no le pertenecen. Vivir se vuelve maquinal, una operación silenciosa, automática: abrir los ojos, respirar, hablar lo justo, asentir con la cabeza cuando se espera que uno asienta. Todo eso sin haber estado realmente ahí. Y entonces uno se pregunta —no con drama, sino con la pulcritud de una cirugía menor— si vivir no es simplemente un acto reflejo, una resistencia instintiva a la muerte más que una afirmación real de estar vivo. Como el parpadeo, como el latido. Persistir porque no se ha desactivado aún el mecanismo.

Y sin embargo, a veces siento demasiado. Es casi obsceno, como un exceso de agua en un jarrón pequeño. No es noble sentir tanto: es impráctico. Es torpe. Es un esquema desbordado que ya no obedece a su función original. Porque, ¿de qué me sirve amar con la fuerza de una corriente subterránea si no puedo decirlo sin que se me astillen las palabras? El amor no me cabe en la lengua. Y entonces duele. Duele como duele un músculo contraído demasiado tiempo: se vuelve duro, opaco, lleno de memoria. Y de resentimiento. El cuerpo se acostumbra a no hablar, a ser discreto con la emoción. Pero hay días en que la piel quema desde dentro, como si quisiera decirlo todo a gritos sordos, en un lenguaje que no ha sido inventado. Sentir mucho y decir poco es como tener el mar entero contenido en una taza de té: cualquier movimiento lo hace derramarse. Por eso me vuelvo inmóvil. No para resistir, sino para no derramarme. Amé tanto que en mí ya no hay lugar para el descanso. Porque amar, para algunos, no es una alegría ligera: es una piedra caliente que uno lleva consigo, incluso cuando el otro ya no está. A veces —y esto lo sé con la claridad brutal de una confesión silenciosa—, amé más de lo que el otro podía recibir. Lo amé hasta deformarme. Y eso también es violencia, pero no contra lo ajeno, sino contra mí misma.

Pienso en el amor como en un animal hambriento que no sabe cazar sin devorarse a sí mismo. Quizás por eso el amor me ha dejado cicatrices donde otros apenas tienen recuerdos. Tal vez por eso prefiero escribir que hablar. Porque al escribir puedo contener el grito sin que nadie lo escuche. Porque la escritura es el único lugar donde puedo exhibirme sin ser mirada. Y sin embargo, ahora me contradigo —pero sólo un poco, como quien se permite una excepción—, porque a veces pienso que si alguien leyera esto y lo entendiera, aunque fuera solo una línea, aunque fuera un destello, entonces ya no estaría sola del todo. Sería como dejar una señal en el bosque para quien también anda perdido.

Después de todo, no escribo para explicar. Escribo para que el dolor no se oxide dentro de mí.

Y hablando de dolor: hay uno que no tiene nombre. Es el que llega cuando la vida parece estar bien. Es un dolor sin causa. Un gemido sin herida. Es un susurro que me recuerda que incluso en la calma hay una amenaza de tormenta. Es como si dentro de mí hubiera una casa abandonada, y alguien —yo misma, quizás— dejara una luz encendida por si un día vuelvo. Pero ya no sé volver a ningún lugar. Y quizás esa sea la verdadera pesadumbre: no tener adónde regresar porque uno ha sido desplazado incluso de sí mismo. El tiempo se enreda en mi cuello como una soga invisible que aprieta con la lentitud de un otoño interminable. No es un instante fugaz, es una presión constante, un aliento pesado que no deja espacio para la pausa ni el respiro. Cada segundo que pasa es un nudo más en esa soga, un recordatorio cruel de que lo que hago nunca alcanza. Nunca es suficiente. Siento la inutilidad expandirse dentro de mí como una sombra que crece al revés: no al final del día, sino desde el principio, antes de siquiera parpadear. Intento moverme, intento actuar, pero mis manos se llenan de agua y mis pies se hunden en un barro sin fondo. Cada gesto se vuelve vano, cada palabra pronunciada se disuelve en el aire antes de tocar el suelo.

La frustración no es solo un sentimiento; es un peso químico, una sustancia que me consume desde dentro, oxidando mis entrañas y dejando solo la carcasa de quien alguna vez fue. La inutilidad se instala en mis huesos y me vuelve más ligera y más pesada a la vez: ligera porque me desvanezco, pesada porque no puedo despegar. Y en este laberinto de tiempo, de esfuerzo y vacío, descubro que la única victoria posible no está en cambiar el mundo ni en llenar ese pozo sin fondo, sino en la rebelión silenciosa de seguir existiendo. Resistir, no por orgullo ni por esperanza, sino porque en la raíz misma de esta pesadumbre se esconde una chispa ínfima, una luz que aún no se ha extinguido. Quizás la epopeya más heroica sea continuar, ser como la piedra que resiste al río, sin importar cuántas veces la corriente intente desgastarla, sin importar cuántas veces el tiempo le apriete la soga al cuello. Seguir siendo piedra, seguir siendo soga, seguir siendo río, y en ese devenir contradictorio, encontrar una especie de eternidad.

Porque no hay otro acto más valiente que el de existir cuando todo en vos grita por dejar de hacerlo.

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