Necesito llorar en un manto de abrazos cálidos,
de esos que dan la satisfacción que nunca tuve,
como esos sentimientos que nunca supe demostrar.
Necesito no culparme todas las madrugadas,
cuando la mirada de la luna oscura me ilumina.
No culparme por algo que nunca haría…
pero que hicé.
Ya no quiero ser juzgado.
Me aterra pensar que una mirada conocida
piense en mí con pena y con odio,
y que otra se arrepienta de creer
que las segundas oportunidades existen.
Necesito llorar en un pecho,
que me cubra como una sábana de alivio,
que me deje ser quien quiero ser
y no quien digo ser.
Porque son dos personas muy distintas:
una quiere arrebatar todo
a base de mentiras,
como cucharadas que roban miel de un frasco;
la otra quiere ahogarse en esa miel,
para al fin pertenecer a ella.
Esa miel puede esconder verdades
y nunca dejarlas salir a la luz.
Es tan espesa
que podría soltar la cuchara
y verla desvanecerse lentamente
en la claridad de las mentiras.
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