Al abrir la ventana, un niño huyó con la olla que había desechado anoche, cedida por mi madre al independizarme; muy cerca, lo esperaban sus amigos, ansiosos, que también cargaban distintos tipos de recipientes y utensilios en desuso. “¡Vamos a armar la batería más grande del mundo!”, pregonó uno de ellos. “¡Sí, una gran batería!”, afirmaron los otros. Minutos más tarde, el silencio que encapsulada al barrio Sarmiento se hizo añicos por la música improvisada que provenía de la esquina baldía, punto de encuentro de los niños.
Mañana, una inmobiliaria colocará una reja para impedir el paso y un cartel de “propiedad privada”, y en poco tiempo habrá ahí varios dúplex y más niños que interactuarán y jugarán con otros niños de forma remota.
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