Sin razón alguna comencé a pintar. La irracionalidad detrás de mis acciones no me dejaban plasmar en palabras las energías que recorrieron mi cuerpo aquella tarde, me cuesta dimensionar lo que fue esa extraña merienda/cena, si fue un sueño, una proyección de imágenes aleatorias o un mensaje encriptado.
El pueblo de los pingüinos es muy especial, no dejamos que la situación nos supere en ningún aspecto, esas cosas extrañas del resto de reinos que parecen disfrutar sentir que les están quemando los rabos con algún encendedor con la bencina justa. De todas formas la depresión de soltar la mano de nuestra compañía nos deja ante los ojos del mundo como la ingenuidad hecha animal, nos desprotege del desconsuelo y nos llena de clichés horribles acerca de la vida de pareja. No puedo culparme, todos somos así y buscamos en nuestra ingenuidad, algún confort momentáneo que nos llene el vacío de la soledad, pues nada más nostálgico que esas fotografías en blanco y negro de las cuales a uno le gustaría pintar levemente con tempera.
Decidido a romper con la melancolía guardé mis pinceles, miré mi lienzo y con orgullo continué mi día, afortunadamente hoy pude avanzar, hice un punto blanco en el centro del poco puro lienzo, permitiendome verlo y ubicarlo con sencillez. Empaqué el agua y la comida que, en principio, creí que iba a ser necesaria y partí hacia un lugar más inspirador. Catorce horas en coche parece mucho para el sentido común, pero cuando no queda compañía alrededor, uno decide sincronizarse con la radio y disfrutar del silencio, mirá si me voy a preocupar por lo que pasa afuera, no hay policías, están todos custodiando, tampoco vehículos irresponsables, están bajo custodia. Las horas corren y el reloj me pide que no duerma, que falta poco, por lo que con mi último esfuerzo estacioné y sobre mi obra de arte pinté un punto negro, ya soy todo un profesional.
“Son 12 piezas de Iglú jóven” fue lo primero que oí al despertar entre la incomodidad del asiento delantero del auto, entregué el poco cambio que tenía para pagar el estacionamiento de 10 horas que utilicé, este año habré subido unos kilos, pero me trajo más viveza que nunca, ni siquiera se dió cuenta que le di solo 11. Con el poco ímpetu que cabía en este elegante cuerpo de 30 centímetros salté el molinete mientras los policías miraban. Los jóvenes de traje somos expertos en romper las reglas, nadie me detenía, pero todos me perseguían, soy el primero en saltar la barrera de la nostalgia y la melancolía para encontrarme en este nuevo mundo lleno de oportunidades.
Analicé el campo de batalla y la vi, era ella exactamente lo que faltaba, los techos y paredes de cristal me lo advirtieron, nada de acercarse a los salvajes prisioneros. Sigilosamente, porque los pingüinos somos muy, muy sigilosos, me escabullí para ingresar al territorio ilegítimo, armé la mesa, coloque los platos con los refrigerios que cargue en la mochila y comenzó nuestra comida. Se llamaba Maya y conversamos por dos largas horas sin tocar nuestros peces, le dije si no quería venir conmigo a la zona sur de la ciudad, donde tenía mi Iglú y podríamos platicar el tiempo que le plazca.
-¿Zona Sur? ¿Iglú?- Me preguntó con una clara señal de desconcierto en sus ojos.
Supe que era el momento, tomé la mochila y apoyé contra el cristal mi pintura. Una risa inocente, ingenua como nosotros los pingüinos llenó mi piel de un sarpullido extraño y mis ojos de lágrimas, me puse de rodillas y mientras me colocaban las esposas la recordé. Clavé el pico justo en el gris de mis puntos blanco y negro.
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