Meow, meow.
"Cambia ya", "cambia ya".
Estoy en el piso de arriba. Siento que el aire me deja. Mamá está gritando allá abajo. Las paredes no son de papel, pero es una casa pequeña.
Afuera de mi cuarto está el gato, lo quiero lanzar por la ventana, ya me tiene harta. Es el único de los tres gatos de mi hermana que me cae mal; todas las noches llora y llora. Ahora mismo tengo miedo de lo que pueda estar pasando allá abajo, porque mamá tiene esos arranques y Pilar siempre está con ella. Tengo calor en la espalda y estoy pegada a la cama, como si hubiera turbulencias.
Apoyé mis dedos contra el piso y sucesivamente los talones. Giré la manija y apoyé mi cuerpo contra el resto de la puerta, intentando llevar el peso de esta para que no chillara. Finalmente caminé cuidando el orden en el que mis pies caían y me senté en el borde de la escalera. Si algo pasaba, correría. Con cada grito bajaba un escalón sentada, para hacer menos ruido. Yo sé por qué gritan. Mamá lo lamenta. Nos lo ha repetido tantas veces y lo que podría ser algo normal en otras familias, en esta ha trascendido los regaños. Queda en nosotros comprender la situación, queda en nosotros cuidar los modos. Pilar es considerada, ¿por qué mamá no lo ve? Cada que mamá grita, Pilar pide disculpas. "Estoy arrepentida, espero me puedas disculpar, lo lamento en serio". Esa es mi forma de pedir perdón. No es lo mismo que un perdón; un perdón lo exiges casi, casi; en cambio, una disculpa se ruega. Es más penosa; una aprende de estas distinciones cuando comete muchos errores.
Pilar quiere ropa y un teléfono. Se le podría etiquetar como una "caprichosa", pero no lo dirías así si supieras que ella no tiene guardarropa. La gente de su edad ¡ya todos llevan celular! A lo que piensan que me refiero cuando digo que no tiene guardarropa, es que no tiene o ropa o armario; en esta casa que se deshace a pedazos, ni una de las dos. Y es raro pensar que alguien que parece vivir tan bien, vive tan mal. Mamá me lo ha dicho: "Maldito sea el día que los he traído a vivir a una vida tan miserable", aunque a mí las carencias son lo que menos me importa cuando tengo que aguardar en las escaleras.
Ya empezó; esta vez gruñe una vocal y sé que debo entrar. Bajo con una expresión neutral, pregunto qué pasaba como si yo no supiera el motivo. "No te metas", dijo casi inmediatamente mamá; me dio la entrada que necesitaba. Me acerco a ella y la tomo de las muñecas porque sus manos ya están hechas puño. A lo mejor soy yo, pero está morada y me parece que puede sacar espuma. Mi hermana tiene esa expresión: una de pura frustración cargada de neutralidad.
—Ya, basta. Pilar, vete para arriba. —Dije con esfuerzo, mientras contenía a mamá.
—¡Siempre le haces caso a ella! —gritó mamá mirando a Pilar—. ¿Acaso te golpea?
Mamá forcejea y empieza a saltar como si a la que le estuviera poniendo los puños no fuera su hija treinta y tres años menor que ella. Yo tengo que responder; si me callo, seguirá dándome vergüenza, y mi pobre hermana está desencajada. Me da pena que mamá no tenga a nadie que la entienda, ni siquiera a mí.
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