Mamá, buenos días, me enamoré.
De ese chico que se llama Nacho. Uno que es de novela: Dulce, amable y compañero
Ve el mundo como esperanza, habita la ternura como sensibilidad, coloca al amor como reparo, pregona el abrazo como acto político y va hacia adelante eligiendo creer y, en consecuencia, confiar.
Sí, es una persona que también admiro. Me invita todos los días – y desde lo verdaderamente genuino – a que formemos un espacio íntegro, seguro. Él y yo. Donde conectemos con lo riesgoso de vivir, de caminar, de decidir.
Sus “Te amodoro”, sus “Te admiro”, sus “Lo estás haciendo muy bien”, sus “Un día a la vez”, hacen de mí, un ser mas fuerte, incluso en el miedo y en la incertidumbre.
Aún así, con mi cabeza dando vueltas, él hace de mi caos, un lugar donde pueda descansar. ¿Qué más?, ¿Cuántas personas existen así? ¿Qué de todo eso, hoy decido agradecer?
Me siento bendecido, tocado con una varita. Es mi solcito de otoño, mi cafecito caliente frente al atardecer, mi budincito de banana con dulce de leche, mi guisito de lentejas circulando en lo hermoso de compartir.
Espero que cuando leas este relato, mamá, puedas visualizar que por fin estoy asegurándome de ser merecedor de contar una historia floreciente.
Con resonancia,
Iván
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