Mamá, maté a un hombre.
Sus nudillos fuertes, su mentón áspero y su pecho semidesnudo se veían rídiculos. Aunque creía estar a salvo bajo el manto que la sociedad construyó sobre él, lo destruí tan solo con un momento de reflexión.
La delicadeza y supresión fueron mi arma letal. Lo degollé con un llanto afilado, y al instante que me dí cuenta de mi crimen, me pregunté, ¿realmente, al sentir y expresar, la hombría se fulmina?
Mamá, no quiero morir, pero ni siquiera tengo la certeza para comprobar que realmente soy un hombre digno de vivir. Mamá, a pesar de que ya lo maté, quiero que me ayudes a descubrir si lo puedo revivir.
Mamá, quiero vivir como un hombre, pero mis valores no se perciben como masculinos. Que aberrancia es aguantar con tal de pertenecer, yo solo quiero sentir y llorar.
Mamá, ¿es posible cultivar vulnerabilidad y sensibilidad sin matar más hombres?
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