I. La soberanía de la soledad
Lo que más me jode es que yo amaba mi soledad.
La elegí durante más de una década. Al principio me quemaba la mente y el cuerpo, pero con el tiempo hice las paces conmigo. Me volví mi refugio, mi compañía. Fui mi amiga.
Aprendí a disfrutarme en todas mis formas. Me fui suficiente. Me acostumbré a habitar el mundo sin necesidad de explicarme ni compartirme.
Tan así, que solo imaginar entregarme a alguien más me parecía grotesco. No lo planeaba. No lo quería. Estaba bien con ello.
Y entonces, llegaste tú.
II. El temblor inesperado
Prendiste la luz de un escenario vacío.
Ese espacio que había sido hermoso por mantenerse intacto, como un teatro olvidado que aún conserva su aura. Me quedé en medio, entrecerrando los ojos, tratando de acostumbrarme a la luminosidad que ardía al verme desde afuera.
Me asusté. Como los gatos ferales cuando una mano humana intenta acariciarlos sin entender cuánta vida les ha dolido antes.
Yo ya había olvidado el tacto ajeno.
Y de pronto me preocupaba si me sudaban las manos. No quería que la transpiración nerviosa arruinara el momento. Qué absurda preocupación, cuando lo real era que me estaba rompiendo por dentro.
Me había acostumbrado a vivir sin esa calidez.
Y te lo conté. Una noche te hablé de mis grietas. Te dejé entrar a zonas de mí donde nadie había estado.
Creo que no dimensionabas lo que significa escuchar a una mujer que se reconstruyó sola.
III. Infusionar en silencio
Elegirte fue volver a la ansiedad.
Caminar en círculos mentales. Esperar un mensaje, una señal, una mirada. Me convertí en una versión que no reconocía. ¿Era la de antes, o una nueva con más vida? ¿O con más miedo?
Me negué. Por temor.
Porque lo nuestro era demasiado real como para inventar excusas. Y sabíamos —aunque no lo dijimos— que no estábamos preparados para algo tan honesto.
Era difícil imaginar nuestras vidas entrelazadas, en medio de una intimidad ya formada.
Tú no estabas solo. Y yo me tenía a mí.
Y sin embargo… te compartí tanto.
Cientas de horas hablando. Viéndonos a los ojos. Diciendo cosas que jamás habíamos dicho en voz alta.
Un par de días al azar, te vi distinto. Tus ojos contenían una pregunta: ¿y si es él?
No fue tu cercanía física lo que más me removió.
Fue lo que me dijiste al oído esa noche.
A veces vuelvo a ese instante y me pregunto qué habría pasado si hubiéramos dejado que la urgencia infusionara en silencio.
Tal vez el miedo se habría disuelto.
Tal vez el espejo que ambos sosteníamos habría sido menos cruel.
No sé qué gesto mío te dio el valor de tocarme.
Solo sé que, sin darme cuenta, abrí una puerta. Y aún no sé si estabas entrando o saliendo de mi vida.
Yo no soy una mujer tradicional.
Y a ti te frenaba que no encajara en tu molde.
A veces me culpo por no haberte seguido cuando te levantaste del sillón.
Tal vez ese apetito de carne nos habría bastado para saciar eso que aún no sabemos nombrar.
Ahora yo grito por darle significado.
Y tú lo escondés en la heladera, detrás del pavo que llevás años congelando para Navidad.
IV. La mujer que se fue
Siempre fui una luciérnaga.
Una pequeña luz titilante en medio de la noche más oscura. Solo podías verme si dejabas de hacer ruido.
Eso, supongo, es lo que les atrae.
Creen que soy enigma. Reto. Creen que al diseccionarme descubrirán un misterio sagrado.
Pero no.
También sé diseccionar.
Tengo la maldición de intuir lo mórbido.
Y tú lo sabías.
Desde la primera caminata, lo supiste.
No eras ajeno a mi historia.
Sabías que había sido abandonada en el silencio.
Y sin embargo, lo repetiste.
V. Epílogo: La sombra
Ahora estoy sentada en un avión.
De Bariloche a Buenos Aires.
Con la garganta adolorida y unas ganas absurdas de llorar.
Porque, amor, estuvimos tan cerca.
Tan jodidamente cerca de lograrlo.
Pero no pudimos.
Y ahora, a más de doce mil kilómetros, todavía te siento.
Como una herida que pica mientras intenta hacerse costra.
Y lo que más me jode —de todo esto—
es que me regresaste a mi soledad.
Pero esta vez, ya no la disfruto como antes.
Ahora me pesa.
Me rehúyo de los reflejos que me devuelven una mujer que no quise ser.
Ya no soy la que elegía quedarse.
Ahora soy la mujer que se fue…
sin querer irse.
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