Al principio tuve miedo, mis pies temblaban por tu llegada. A decir verdad nunca pensé que yo sería bueno, tu presencia ya estaba acertada.
Tu pulso escuche entre las ondas de la máquina, sonreí del nervio y apreté quijada. Pare a pensar un momento, todo torno a una llorada.
Llegaste en temporada de otoño, mi niñez se desvanecía en picada. Te puse el nombre hebreo que nadie sabía, reí por la tonta ignorancia aplicada.
Las primeras risas demostraste por escuchar mi voz, lucre de mis gritos para que no pararas. Los primeros pasos los diste en mi ausencia, pero tu primera palabra encendió mi alma.
Comenzamos a jugar atrapadas, tu padre veloz nunca hizo trampa. Te perseguí como policía a ladrón, siempre ganaste por volverme tu peón.
Me observabas cuando tocaba batería, quisiste tomar el paso de la ironía. Comenzaste a dudar de muchas cosas, tu madurez temprana me sorprendió mi vida.
Te cuestionabas si dios te trajo a la vida, sabías que tu padre participó en esa travesía. Decidiste no creer en ello, te aplaudo por ser valiente y no creer en esa fantasía.
Lo único que te permití fue creer en tres magos, te obsequiaban todo con su esfuerzo, aunque tu padre quedara muerto.
Pero lo bonito de este principio es tu lección, me enseñaste a creer y no en un dios. Sino en la existencia del ser que me vino a salvar cuando nadie más me había dado amor.
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