Si alguna vez vuelves,
hazlo un lunes por la tarde.
No un viernes.
No un domingo.
Un lunes.
Un lunes gris
enfermo de rutina,
de esos que nadie recuerda,
de esos que pasan
como pasan las vidas
que no importan.
No lo hagas en mi cumpleaños.
No lo hagas en la fecha de nuestro aniversario.
No quiero
que tu memoria funcione
como funcionan las alarmas del teléfono:
recordándote que alguna vez
me quisiste
solo porque el calendario lo dice.
No quiero ser una notificación.
Prefiero que sea un lunes.
Un día vulgar
sucio de rutina,
donde la vidate esté empujando hacia adelante
aunque por dentro
todavía estés hecho ruinas.
Porque si vuelves un domingo
voy a pensar
que te habló el aburrimiento.
Que se te acabaron los planes,
que el silencio de tu casa
se volvió demasiado grande,
y entonces
entre el tedio
y el vacío,
te acordaste de mí
como quien abre una caja vieja
solo para ver
qué había adentro.
Y yo no quiero ser
la distracción de un domingo muerto.
Si me escribes un viernes
voy a imaginarte borracho.
Con el alcoholdesatándote la lengua,
con la memoria suelta
y la culpa flotando
en el fondo del vaso.
Voy a imaginarque besaste a alguien
y en medio de ese beso
entendiste algo horrible:
que esa boca no sabía mi nombre
como lo sabía la tuya.
Que esas manosno conocían
las cicatrices de tu pecho
Tus piernas
O tú espalda
Que esa persona frente a ti
no tenía ni idea
de la guerra que fuimos.
Y entonces
con el sabor del error en la boca,
mi nombre
se te armó en la lengua
como una herida abierta.
No.
No quiero ser el recuerdo
que se despierta en el fondo de una botella.
Por eso te pedía que fuera lunes.
Para saber que en medio del ruido
de la vida,
entre pendientes
llamadas
tráfico
y la absurda obligación de seguir existiendo
algo
dentro de tu cabeza
se rompió.
Que mi nombre
se te atravesó en el pensamiento
como un cuchillo.
Que estabas intentando vivir sin mí
y aun así
no pudiste.
Que por primera vez en meses
te rendiste.
Pero…
¿A quién demonios intento engañar?
La verdad
es mucho más miserable.
La verdad
es que me da igual el día.
Podrías volver un viernes borracho,
un domingo vacío,
o a las tres de la madrugada
cuando el insomnio
te tenga mirando el techo
y el recuerdo de mi cuerpo
te queme por dentro.
No importa.
Porque la verdad es esta:
sigo aquí.
Con el amor pudriéndose en el pecho
como un animal muerto.
Con las noches llenas de tu ausencia
mordiéndome los huesos.
Con el orgullo roto
y la dignidad hecha pedazos
debajo de todo este silencio.
Intento convencerme
de que ya no te necesito,
de que el tiempo mata el amor,
de que la gente se supera.
Pero cada mentira se me cae de la boca
como se caen los dientes de un cadáver.
Porque la verdad
—la única verdad—
es esta cosa humillante
que llevo respirando todos los días:
sigo esperando.
Esperando que suene el teléfono.
Esperando ver tu nombre
encendido en la pantalla
como una maldita resurrección.
Esperando que un día regreses
y me digas
que también te estás muriendo un poco
sin mí.
Y lo peor…
lo más vergonzoso de todo…
es que si eso pasa,
si algún día vuelves
aunque sea tarde,
aunque vengas roto,
aunque vengas lleno de otras bocas
y de otros cuerpos,
yo sé exactamente
lo que haría.
Abriría la puerta.
Y dejaría que entraras
otra vez

Fer
Nunca aprendí a domar la nostalgia de este cuerpo adicto a tu ausencia. Rezo por tu ternura y repito tu nombre como un padre nuestro fúnebre frente al vacío.
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