En las noches de invierno, sobrevivimos con la luz apagada para huir de los mosquitos. Nos juntamos en la cocina sin prender la hogera, sólo para tomar agüita y ron . Y para masticarnos las lenguas con palabras. La otra noche entró una luciérnaga por la ventana. Uno la quiso matar a penas iba entrando, pero todas gritamos ¿Qué le pasa a este man? Se contuvo gracias a la intervención. Pero quedó un silencio ficcional. Por que afuera surcaba por la mitad el cielo un avión. Y unos chapas pasaron rancios, escandalosos, con urgencia. Pero sabemos que en realidad abusan. La cosa es que la luciernaga detuvo el tiempo. Por 4 segundos. Contuvimos el aliento por la sorpresa. Y el energúmeno quería matarla. Pero la abrazamos con nuestos 5 brazos antes de la reacción. Y en agradecimiento se puso a cantar. ¡Cantaba tan linda esa luciernaga! Le convidamos un poco de ron que estabamos compartiendo. Un poquito por que su diminuto cuerpo no soportaba mucho. Pero le gustó también. Nos contó que estaba perdida. Y claro pensé, una luciérnaga en esta ciudad necesariamente está perdida. Le dijimos "no te preocupes, entraste por una buena ventana". Y se reía a los gritos. Quizás en su sabiduría sabía lo que vendría. Pero nosotros no teníamos cómo hacerlo. Continuó divagando con sus historias. Venía cruzando el río, desde el lado continental. Pero ¿porqué encaraste para el oeste, si por el este sale el sol? Porque no quería recargarme, buscaba donde brillar. La pregunta nos pareció tonta al escuchar la respuesta. Y su luz sí brillaba. Puta, nunca habíamos visto una luz así. Verde, amarilla, a veces violeta. Tenía una disco en la colita. Y sabía como entretener. Nos pareció que esa luz era para atesorar. No podía ser simplemente una luciernaga. O no podía ser ella la unica administradora de tal magia. Nos invadio lo más humano. Quisimos esa luz. Con malicia, con todo nuestro cuerpo, con ansiedad y con envidia. La adoramos. Le rendimos culto. La quisimos tocar y se asustó. Empezó a desconfiar. Nos alteró que se enojara y quisimos castigarla. Pero si le estabamos dando posada, qué mal agradecida. Y otra la tomó primero en sus manos y la besó. Uno hizo lo propio y le dió otro beso pero no en la boca. La luciérnaga no podía hablar entre tanto beso pero seguía brillando. Una mano partida le arrancó la primer ala. Luego seguirían las otras y las patas. Y los besos, inagotables. Hasta que se mordió. Una masticó un pedazo de luz. Otro la penetró. De la luciérnaga no quedó nada. Cuando ya el brillo cesó, volvimos a ser animales. Nunca más humanos dijimos. Nunca más.
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Rocío Giménez Ferradás
Hola! Soy dibujante pero las palabras son un jardin en el que refugio el pensar
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