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Los planes pueden cambiar cincuenta veces más

Mar 13, 2026

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Los planes pueden cambiar cincuenta veces más
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Los planes pueden cambiar cincuenta veces más…

Así comenzó el discurso de Sebastián. El resto del grupo observaba el celeste y oro de sus ojos explotar; su piel bronceada no hacía más que magnificar su rostro y, además, su barba —más tupida que nunca— parecía seguir reflejando la luz del sol de Chascomús.

—Todo salió bien, muchachos.

Fueron las siguientes palabras, acompañadas de una sonrisa que expresaba paz y alivio.

Y así se dispuso a explicar el motivo por el cual no solo creía, más bien asumía, que los planes podían cambiar cincuenta veces más, en alusión a las anteriores quejas del Gitano. Pero habría que volver un poco atrás para entender.

Después de haber debatido horas sobre el futuro del grupo y el rol que debería ocupar cada quien, de haber llegado a un acuerdo —con el Gitano siendo el único representante de la minoría en contra— y de limar asperezas, Sebastián sintió que todavía faltaba algo. A pesar de tener un plan sólido, vio la monotonía acechando a la vuelta de la esquina y se había prometido jamás volver a ser un prisionero.

Las casualidades no existen. A pesar de la seguidilla de increíbles coincidencias en los últimos dos meses, todos estaban seguros de que el futuro estaba en sus manos. La suerte, en cambio, es otra cosa.

Un jueves por la mañana, Sebastián y su amiga —su hermana de la vida— planificaron a espaldas del grupo un viaje de negocios al lago de Chascomús: tomarse unos días para hacer plata y disfrutar la experiencia en la medida de lo posible.

Cuando se lo comunicaron al resto del colectivo, Rancho pensó que su presencia era indispensable para garantizar el buen rumbo y éxito de la misión. El Gitano se relamía; se excitaba al imaginarse vendiendo espejitos de colores a cuanto habitante local se cruzase, e imaginaba cómo juntos, los cuatro, harían “desastres lindos”, como siempre, como en Necochea…

Pero no.

Sebastián decidió ir acompañado de su amiga, y sumaron nada más que a un tercero que, además de amigo, conocía muy bien los hábitos, costumbres y manías de la venta ambulante. Además, supo ser de la partida en la famosa e inolvidable Travesía de Necochea.

El cuarteto se disolvía por unos días.

Sebastián decidió enfrentar no solo la experiencia, sino también el desafío que significaba un viaje de esa magnitud siendo el capitán y el más experimentado de la misión; misión en la cual el cincuenta por ciento del éxito —si no más— dependía de él.

Sebastián les dijo:

—Llegamos temprano, nos instalamos en el camping y salimos a laburar. Se vendió bien. A pesar de que la venta ambulante estaba prohibida, hablé con mucha gente y una puestera de la feria local me comentó que no podía perderme la famosa puesta de sol en el lago de Chascomús.

»Como ustedes saben, las puestas de sol me conmueven. A las siete de la tarde, y sin dejar la mercadería, me acerqué a la costanera. La gente alquila botes para ver el espectáculo en el medio del lago. Me conmoví de verdad.

VINO SUELTO se quedó observándolo, sabiendo que detrás de su falta de detalles había tela para cortar.

Sebastián siguió:

—Al terminar la puesta de sol fui al supermercado chino a comprar provisiones para el camping. Volví a la feria y probé por primera vez la hidromiel. Ya un poco ebrio me reencontré con mis amigos y decidimos volver al camping caminando. Hicimos alrededor de treinta cuadras bajo la luz de la luna, sin nada de luz artificial. La luna brillaba tanto que parecía un velador en el cielo, y volví a ver estrellas que en la ciudad no se pueden ver.

»Me recosté en el pasto varias veces durante el trayecto. Me regocijé de nuevo en la nostalgia.

VINO SUELTO volvió a mirarlo, ya convencido de que en algún momento debería hacerle algunas preguntas.

Al otro día, Sebastián logró una venta de ciento cincuenta mil pesos sin salir del camping, lo que le dio piedra libre para disfrutar el resto del día y perderse en sus pensamientos. Se hizo amigo del dueño del camping y conversó con algunos turistas.

Durante el día se disfrazó del Gitano. También de Rancho. Sacó a relucir su arsenal social y hasta sintió la necesidad de escribir.

Cuando llegó el momento de partir, sintió la satisfacción que significaba haber ejecutado un plan improvisado a la perfección.

Antes de abandonar el camping y partir a la estación de tren, una pequeña charla tuvo lugar con su amiga:

—Sebi, fin de semana por medio tenemos que hacer esto.

—¿En serio? ¿Podemos?

—Si vos querés, sí. ¿Cómo vas a hacer con el colegio?

—Curso miércoles y jueves. El resto de la semana es mía. Además, es el último año que puedo darme esta clase de lujos.

—¿Por qué lo decís?

—Si todo resulta como lo planeo, el año entrante me voy a anotar en la universidad y no creo tener tiempo para laburar, estudiar, ser padre y también viajar.

—Entonces es un trato… ¿Te diste cuenta?

—¿De qué?

—Si no nos hubieran pasado las cosas que nos pasaron, ni vos ni yo podríamos llevar adelante este plan. Y es algo que vos te morías de ganas de hacer, al igual que yo.

—No me vuelve loco pensar en los motivos que me trajeron hasta acá. Eso lo aprendí en Necochea. Hay sucesos que son inevitables. Lo único que tiene un sentido y una dirección para mí en este momento es mi futuro académico.

—¿Y qué vas a hacer cuando nos perdamos en “San Pindonga” y te den ganas de quedarte?

—Voy a respirar hondo, voy a sacar los pasajes de regreso, prometiéndome a mí mismo —y a quien corresponda— volver después.

—Cambiaste. Mucho.

—Me conocés hace más de diez años. ¿Cuántas versiones de mí conocés? Ahora se está gestando una nueva. Este es un año de apertura para mí; estoy preparando la cancha.

—Vos podés, Sebi. Estoy orgullosa de las decisiones que tomaste, y de que lo hagas por vos.

—Lo hago por mí y también porque quiero restregarle el título a los que no creían en mí. Además, quiero ser el primero de mis hermanos en tener un título profesional y llevar a lo más alto el apellido que mi hijo mayor ya tiene orgullo de portar, al igual que yo.

—Lo vas a lograr, guacho. No quiero verte nunca más así. Y a lo largo de nuestra amistad te vi derrumbado varias veces.

—Amiga, mis planes el año pasado eran casarme y comprar una casa en el sur. En mi cabeza hay una niña y un niño que prometieron amarse eternamente, y aunque esos niños hayan muerto en un derrumbe, pienso cumplir con al menos uno de esos dos objetivos. Esa casa en el sur se va a transformar en realidad.

—Seguís igual de soñador que cuando te conocí. Eso me da tranquilidad. Seguís siendo un osito… y un putito. No dejaste que ninguna de tus heridas te transformara en una persona de mierda.

—Tengo mis demonios, como todos. La diferencia tal vez sea que yo me estoy haciendo amigo de ellos. Ahora, por ejemplo, decidí dejarlos en casa y no se quejaron.

—¡Jajaja! Estás re loco.

—Todos lo estamos. Si no, no estaríamos acá… ¡jaja!

Tanto la ida como la vuelta fue una aventura.

Si Constitución es un zoológico durante el día, la noche se llena de cazadores furtivos, traficantes ilegales y los especímenes más variados andan sueltos.

El tren de vuelta los dejó en dicha estación casi a las doce de la noche y, para Sebastián —que volvía de una experiencia más bien espiritual y de limpieza—, llegar a Constitución fue el recordatorio de que, por más limpieza que haya, siempre va a haber un poco de polvo debajo de la alfombra.

Rancho y el Gitano se dedicaron a escuchar atentamente, casi sin interrumpir. En cambio, VINO SUELTO buscaba conectar miradas con Sebastián, como quien quiere tirar una seña a su compañero en una partida de truco.

Rancho sintió alivio.

Y el Gitano, un poco de envidia.

Hasta que escuchó el nuevo plan y la conclusión de Sebastián:

—¡Manga de gedes! Acá se empieza a escribir otro episodio, y parece prometedor. No puedo decirles que empezamos una vida nueva, porque negar el pasado sería negarnos a cada uno de nosotros. Lo que sí puedo asegurarles es que, al menos, este episodio y los que vienen los vamos a escribir en un cuaderno nuevo.

Sebastián hace un paneo con la mirada, como asegurándose de que todos hayan prestado atención.

Fue entonces cuando su mirada y la de VINO SUELTO lograron conectar.

Cada uno procedió a levantarse y apartarse del grupo de la forma más disimulada posible. Ambos salen afuera: Sebastián se prende un porro y VINO SUELTO un cigarro.

—Algo me imagino, VINO SUELTO, pero decime: ¿de qué querés hablar?

—¿Apareció su imagen en la puesta de sol? ¿Y en la noche estrellada?

—Apareció en la puesta de sol. De hecho, imaginé que éramos dos niños de la mano, hablando del futuro como dos pichones buscando volar, viendo al sol usar el lago de sábana hasta esconderse en su totalidad.

—¿Y qué me decís de la noche?

—Como sabés, querido, la noche, la luna y las estrellas —la oscuridad y la introspección— son un conjunto de cosas que me pertenecen, y nadie va a poder borrarlas de mi identidad individual jamás.

—¿Y qué hiciste con lo que sentiste a la tarde?

—Algo que te va a interesar… Hice un poema, y lo vas a publicar.

La amiga interrumpe la charla y los convoca a todos al comedor más famoso de Ciudadela, en Maldonado 328.

—Chicos, ¿adivinen qué? Ya tenemos próximo destino. Sábado catorce de marzo: nos vamos a Gualeguaychú.

VINO SUELTO

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