Cantan, a medianoche, los pequeños insectos que aclaman a la luna. Esta, tímida, observa las estrellas pedir su llegada. Se alza entre los árboles, dejando su tenue luz iluminar el claro dónde los insectos esperaban con paciencia. Una vez alzada en el firmamento, la orquesta alzó su voz para hacer saber a la luna que esperaban su llegada. Algunos lobos, al unísono, agradecen su presencia a través de aullidos, unos de melodía dulce; por otro lado, algunos pájaros revolotean cerca de ella —lo más próximo que les permitía la distancia—, tomando entre sus picos pequeñas ofrendas, siendo las más destacables unas bayas de tonos rojizos. Eran los tonos de tan roja exquisitez que las estrellas se ruborizaron al imaginar la alegría de su señora. Las hormigas tomaron semillas sobre sus cabezas; los peces, piedras preciosas que las profundidades protegían; los ciervos pedían bendiciones para sus crías y, algunos humanos, recitaban poesía a su nombre. Todos eran devotos de ella. Todos excepto uno:
El cuervo.
De plumaje cano y graznido grave, se diferenciaba del resto por sus grandes ojos negruzcos. Estos recordaban a dos ciruelas maduras. Sus patas contaban con innumerables cicatrices. Era un batallador nato. Nacido entre dos pedruscos azabache, fue abandonado por su madre. El pequeño, resguardado entre las dos rocas, lloró y lloró aquella noche; en la segunda, se estremeció hasta casi hallar a la fría Parca, que moraba las lindes del claro. Cuando el tercer día estaba por llegar, casi con la entrada del sol, una tenue luz calentó el débil cuerpecito del animal. Su hambre atroz se vio saciada cuando la luz, transformada en una figura humanoide, alimentó sus entrañas con calidez. Tomada entre sus manos, la cría sollozó.
—¿Mamá? —alcanzó a decir.
No hubo respuesta. Tras eso, la figura desapareció.
El sol alcanzó las blancas nubes pocas horas después. El córvido se movía torpemente entre los hierbajos. Ahora se encontraba fortalecido, con un aspecto extrañamente salubre. Se le había otorgado un día más para vivir, día que aprovechó para recorrer el lugar e investigar este extraño mundo que lo rodeaba. No fue hasta la noche que, ya cansado, se dejó caer entre dos pequeños matorrales, dónde trató de descansar. Volvió a encontrarse mortalmente hambriento. Lloró nuevamente, recibiendo la llegada casi inmediata de la figura humanoide del día anterior.
—¿No te han encontrado todavía? —preguntó esta, con voz melosa.
El cuervo la miró. Sus ojos negruzcos se posaron sobre ella, analizando lo etéreo de su ser. De sus dedos nacían fragmentos de luz.
—Come, pequeño —pronunció con tranquilidad—. Has de estar hambriento.
—¿Mamá? —preguntó nuevamente.
La mujer guardó silencio unos segundos.
—No —respondió apenada—. Tu mamá volverá pronto.
—¿Sí?
—Sí.
Ante la afirmativa, el polluelo comió nuevamente. Engulló con voracidad, pues era un manjar que pocos seres habían tenido la fortuna de probar. Tras eso, fue arropado hasta el amanecer por el fulgor de aquella mujer.
—¿Volverás mañana? —preguntó el cuervo.
—Todas las noches —respondió, sonriendo—, hasta que tu madre te devuelva a tu hogar.
Este asintió y, cuando ella desapareció, esperó dentro del hueco de un árbol hasta la noche siguiente. Aquella escena se repitió noche tras noche. Tantas fueron así que el cuervo dejó de buscar a su madre; la mujer, sin embargo, confiaba en que ella regresaría.
Lamentablemente no lo hizo. Los años se acumularon en la espalda del animal, y su plumaje fue prueba de ello. A pesar de su temprana edad, su lomo contaba con algunas plumas blanquecinas y, su rostro, con las primeras cicatrices. Batalló con diversas aves a medida que iba creciendo defendiendo aquel territorio que lo apresaba.
La mujer, que había estado ausente varias noches, le envió un mensaje al cuervo a través de las estrellas: “Espera un poco más, ella volverá”.
Pero ya no había ningún ápice de esperanza en él. La frustración y el rencor habían hecho de él un ser infeliz. Por ello, esa misma noche, miró por última vez el hueco que lo habría resguardado los días solitarios. El miedo se apoderó de él por un instante imaginando dejar su hogar; pero entonces, una hoja cruzó por su costado y se posó con cierta ironía sobre una de las dos piedras en las que nació. Las observó con recelo, analizando cada detalle de quienes fueron sus compañeras. Aquel escenario lo impulsó para dejar atrás aquello.
No había nada por lo que pelear, nadie vendría a por él.
Tomó fuerzas y salió volando de allí. El silbido del aleteo inundó el claro. Planeó sobre las aguas, mojando alguna de sus plumas en el proceso. Tomó algo de agua sin aminorar el vuelo. Continuó de frente sin conocer su destino.
Para sorpresa de él, y tras volar casi una hora, oyó un graznido similar al suyo. Se detuvo cerca de la fuente del sonido, buscándola sigilosamente. Entonces la encontró. Allí contempló una escena que, aunque entonces no alcanzó a asimilar, hirió de gravedad la maquinaria de su pecho. Eran crías de cuervo siendo alimentadas. Los observó tanto tiempo que, cuando quiso darse cuenta, el sol ya estaba casi alcanzado la cima.
Pudo ver más cuervos en los alrededores. Algunos revoloteaban entre las copas de los árboles; otros vigilaban desde las alturas a sus posibles acechadores. Ellos eran una comunidad; pero, ¿qué era él?
Cuando estuvo a punto de irse, vio algo que lo paralizó. Entre las hojas, apoyado en una ramita, un cuervo lo observaba. Reconoció casi al instante aquella mirada, pues fue lo único que pudo alcanzar a ver sobre ella antes de que lo abandonara. Era su madre. Jamás olvidaría la marca roja de su pupila, y, comprendió que, ella tampoco lo había olvidado a él.
—¿Qué haces aquí? —preguntó esta con frivolidad.
—¿Ese es tu primer acercamiento —inquirió este, mirándola fijamente—, madre?
Ella miró los ojos de quién fuese en antaño su retoño.
—Esa mirada tuya no ha cambiado ni una pizca.
—Lo mismo puedo decir.
Las palabras cruzaron la distancia y se golpearon entre sí.
—¿Por qué me abandonaste, madre? —soltó con ira—. ¿Qué es lo que hice para ser dejado a mi merced aquella noche?
Ella fue a responder, pero este llevaba tanto tiempo con aquel monólogo dentro que hubo de soltarlo.
—Me despertaba cada mañana esperándote. Fueron muchos los días en los que, al escuchar el aleteo de otras aves, rezaba que fueras tú. Recuerdo, al nacer, ver tus ojos. Esos ojos que, en aquel momento, no supe descifrar; sin embargo, ahora me miran con asco. ¿Fue esta misma mirada la qué me diste cuándo aún siquiera podía caminar con soltura? —Este se fue acercando lentamente a su madre— ¿Y padre? ¿Dónde está él? ¿Fue una decisión en conjunto? ¡Qué cinismo en vuestras acciones! Tuve la suerte de encontrar a la mujer de los cielos, claro. Ella no era quién para tomarme bajo su mano, pero lo hizo. Me cuidó durante todo este tiempo. Estuvo para mí cuándo nadie más estuvo. ¿Por qué no fuiste tú?
Ella suspiró. No se apartó al tenerlo tan cerca de su rostro.
—¿Te irás si te doy mis motivos?
—Sí. Lo haré —asintió este.
—Tu padre era un monstruo —Aquellas palabras inesperadas retumbaron en su mente—. Mató a dos de tus hermanos y me torturó hasta el hartazgo. Me destruyó por completo. Por eso, la noche de tu nacimiento estaba tratando huir de él. Tuve la fortuna de salvarte de sus garras. Te coloqué entre aquellas piedras para que pudieras vivir; pero entonces, la desgracia vino ante mí. Tus ojos eran los mismos que los suyos. Esos ojos fríos e inertes. Los ojos de una bestia. Y simplemente no pude tomarte bajo mi ala. Los vi y mi corazón se detuvo por un instante. Y entonces me fui, y él me encontró, lejos de allí. Quería matarme y me defendí. Él murió ahogado tras el forcejeo que tuvimos.
Hubo un silencio sepulcral. El córvido, atónito, ladeó la cabeza.
—Entonces estás diciendo que pagué por los pecados de mi padre, pues, ¿qué culpa tuve yo de nacer así?
—Me arrepiento cada día de aquello —dijo esta con un nudo en la voz—, pero, incluso hoy, después de estos años, ver tu mirada me hace querer huir.
—La sombra de mi padre no es la mía —gritó este, perdiendo los estribos—. Fui y soy diferente a él. Buscaba tu amor, madre. Solo buscaba tu amor.
—¡Encontraste otro! —señaló ella, alzando la voz.
—Pero no era el tuyo. Te quería a ti.
Debido al alboroto, otros cuervos se acercaron a ellos. Uno, el más fornido de todos, le habló directamente a ella.
—¿Ocurre algo, mamá? ¿Quién es este?
Esta tardó en responder.
Mira al córvido que fue su polluelo; después, a quién sí consideraba su hijo.
—Nadie —respondió esta con frialdad.
Él no dijo nada. Por un instante, imaginó que, en otra realidad, perteneció a aquel colectivo y pudo ser amado como nunca lo fue.
Antes de volar de nuevo, la voz de su madre resonó en su espalda.
—Ella no te dijo nada, ¿no?
El pájaro giró su cabeza, confuso.
—¿Quién?
—La luna —señaló con rapidez—. La noche siguiente a la que me fui, le supliqué que cuidara de ti, y…
Enmudeció. Los demás cuervos, desconcertados, observaban la escena. Su otro hijo quiso intervenir, pero la madre lo detuvo con un movimiento de cabeza.
—¿Y? —preguntó, intrigado.
—Que dijera que yo había muerto.
La madre observó por última vez a su retoño, que abrió sus alas. Trató de despedirse, pero sus palabras no salieron de su garganta.
En silencio, este las alzó y se marchó. Había oído suficiente. En su mente, las últimas palabras de su madre resonaban con amargura. Si la luna sabía eso, entonces… Trató de calmarse; sin embargo, la incertidumbre lo carcomía por dentro. Miró de nuevo atrás y se dirigió al claro. Necesitaba hablar con ella.
Cuanto más cerca estaba lo que fue su hogar, más odio sentía. Comenzó a distinguir, entre los árboles, el agua que observó antaño sobre las ramas de su tronco. Pasó sobre ella y mojó su plumaje, pues sentir el frío de las gotas calmaba su mente; sin embargo, era tan nocivo aquello que estaba sintiendo que apenas las había notado. Sobrevoló entonces aquello, observando en el proceso cómo los peces se comportaban de extraña manera. Estos hicieron un movimiento rápido y en sincronía, que terminó con ellos desapareciendo en las oscuras profundidades.
Lo ignoró y siguió su rumbo. Los insectos habían comenzado a cantar. Escuchó el aullar de los lobos, y contempló con detenimiento cómo algunas aves ascendían con velocidad al cielo.
Llegó finalmente a su hogar. Se posó sobre una de las piedras y observó con desdén a la luna. Mientras esta era halagada por las ofrendas de los pájaros, el cuervo clavó su mirada sobre el cuerpo de ella. En su pecho murió la ira, y en su corazón nació el llanto. Un graznido leve bastó para que ella se percatase. Bajó inmediatamente, colocándose cerca de él. Fue a posar su mano sobre la cabeza del cuervo, pero este rehuyó de ella.
—Me mentiste —dijo finalmente—. Sabías que ella no volvería, y aún así me engañaste.
La luna comprendió de inmediato el porqué de su actitud.
—Mi niño, yo…
—No me llames así —interrumpió con brusquedad.
—Pero, eres mi niño. Siempre lo has sido —aclaró la luna, tratando de endulzarle con su melosa voz.
—¿Una madre mentiría a su hijo? —Este no dejó a la luna contestar—. Sabes la respuesta. Tanto tú como ella lo sabéis. Actuáis como si vuestra decisión no hubiese repercutido en mí; pero, mírame. Fueron muchos los días que esperé y esperé a que ella volviese. Días en los que mi única compañía eran las hormigas que velaban por mí; noches en las que lloraba desconsoladamente buscándola a ella. Me pasaba las tardes entre esas estúpidas piedras por si volvía a verla. Este lugar fue mi prisión; pero ya no. A partir de hoy no lo será más.
—Yo no quise esto, cuervo. Pensé que tu madre se arrepentiría, aparecería aquí y volariaís juntos lejos de aquí. Confiaba en ella.
—Y yo en ti.
Su voz se quebró. Una lágrima recorrió su plumaje y se estrelló contra el suelo. Al ver esto, la luna trató de acercarse de nuevo. Acarició su rostro con cuidado. Las lágrimas brotaron con mayor ímpetu y un graznido apagado resonó entre los árboles. Algunos animales, desde la lejanía, observaban la escena con detenimiento.
—Quiero tu luz —afirmó este.
—¿Mi luz?
—Sí.
—¿Por qué quieres mi luz?
—Para saber que realmente me quieres, luna.
La mujer se detuvo. El cuervo la observaba con atención.
—Pero… No puedo darte mi luz —respondió esta, apenada—. ¿Quién iluminará las noches si no soy yo?
—Lo entiendo —susurró el cuervo—. Adiós, luna.
Sus miradas se cruzaron fugazmente. Los ojos de la luna resplandecían; los de él, sin embargo, sólo reflejaban la luz de ella. Tras eso, dio la espalda a la luna y voló.
—¡Espera! —gritó ella.
Pero no se detuvo. Dejó el claro atrás y voló más allá. Lejos, muy lejos. Mientras rozaba las nubes comprendió que ya no le quedaba nada. Tras ese pensamiento, rio. Por primera vez, no había dolor en su corazón.
Era libre.
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