Había aprendido, después de suficiente tiempo a su lado, que cuando mi mujer decía que estaría lista en cinco minutos aquella cifra no debía interpretarse de manera literal. Cinco minutos podían ser diez, quince o, en ocasiones particularmente ambiciosas, el tiempo suficiente para preparar otro café y beberlo sin prisa. No me molestaba. De hecho, había terminado por encontrar cierto placer en aquella espera, quizá porque me permitía observarla moverse por la casa como si cada habitación le perteneciera un poco más cuando ella estaba dentro.
Aquella tarde la encontré frente al espejo del recibidor, ya vestida para salir, con el abrigo puesto y una expresión de concentración casi ofensiva para la tarea que realizaba. Intentaba ponerse uno de sus guantes.
Me quedé apoyado contra el marco de la puerta durante un rato, observando cómo tiraba discretamente de él, volvía a acomodarlo y después miraba su propia mano como si fuese culpa de sus dedos haberse vuelto incompatibles con la prenda.
—No digas nada —murmuró sin mirarme.
Eso, naturalmente, hizo que quisiera decir algo.
—No he dicho nada.
Sus ojos se encontraron con los míos a través del espejo.
—Pero lo estás pensando.
—No puedes enfadarte conmigo por mis pensamientos.
—Claro que puedo. Soy tu mujer.
Había ciertas afirmaciones contra las que uno no podía discutir sin perder una cantidad considerable de tiempo, y aquella era una de ellas. Me acerqué despacio, todavía entretenido por la obstinación con la que trataba de fingir que tenía la situación perfectamente controlada. Ella volvió a intentarlo justo cuando llegué a su lado y el guante se atascó nuevamente alrededor de sus nudillos.
No pude evitar sonreír.
—Te vi.
—Qué tragedia.
—Te estás burlando de mí.
—Jamás haría algo semejante.
La respuesta hizo que me mirara por fin, directamente, y su expresión era tan poco convencida que terminé soltando una risa. Ella intentó mantener el gesto severo durante un par de segundos, pero la comisura de su boca acabó traicionándola. Era una de las cosas que más me gustaban de nosotros: nunca conseguíamos tomarnos demasiado en serio durante mucho tiempo. Incluso nuestras pequeñas discusiones tenían una grieta por la que siempre terminaba entrando la risa.
Extendí la mano.
—Dámela.
—Puedo sola.
—Lo sé.
—Entonces…
—Pero estamos llegando tarde.
—Estamos llegando tarde porque tú te tardaste con el café.
—Mi café tardó tres minutos.
—Fueron siete.
La miré con cierta sospecha.
—¿Los contaste?
—Por supuesto.
—Eso es preocupante.
—Vivir contigo me ha obligado a desarrollar mecanismos de defensa.
Resoplé, pero ella finalmente puso su mano sobre la mía. Sus dedos estaban fríos, mucho más que los míos, y por reflejo los cerré un poco alrededor de ellos antes siquiera de ocuparme del guante. Ella no dijo nada, aunque sentí cómo relajaba la mano. Había gestos entre nosotros que se habían vuelto tan habituales que ya no necesitaban explicación. Yo encontraba sus manos cuando estaban frías. Ella buscaba mi brazo cuando caminábamos. Si yo estaba sentado leyendo, tarde o temprano aparecía alguna parte de su cuerpo apoyada contra mí: una pierna sobre las mías, su cabeza en mi hombro, los pies debajo de mi muslo porque insistía en que yo tenía “temperatura de estufa”. Nunca me había preguntado cuándo habíamos empezado a querernos de aquella forma doméstica, silenciosa, casi automática. Solo sabía que ahora mi cuerpo parecía conocerla incluso antes que yo.
Acomodé el guante sobre sus dedos con cuidado. El cuero cedió esta vez con facilidad.
—¿Ves? —dije—. No era tan difícil.
—Porque yo ya había hecho todo el trabajo.
—Naturalmente.
—Solo llegaste al final para llevarte el mérito.
—Una habilidad masculina ancestral.
Soltó una carcajada y me golpeó suavemente en el pecho con la mano libre.
—Idiota.
La palabra sonó cariñosa.
Siempre conseguía hacerlo.
Seguí acomodando el borde del guante alrededor de su muñeca, aunque hacía varios segundos que estaba perfectamente puesto. Ella lo notó. Yo sabía que lo había notado porque dejó de mirar nuestra imagen en el espejo y bajó los ojos hacia mis manos.
—Ya está —dijo.
—Estoy comprobando.
—¿Comprobando qué?
—La calidad del trabajo.
—Llevas medio minuto comprobando la calidad de un guante.
—Soy perfeccionista.
—Eres un aprovechado.
Sonreí sin levantar la mirada. Tenía razón, claro. Pero tampoco retiró la mano.
Ese era nuestro pequeño problema.
Podíamos acusarnos mutuamente de cualquier cosa mientras ninguno tuviese verdadera intención de detenerla.
Cuando finalmente levanté la vista, ella me estaba observando con aquella expresión tranquila que aparecía algunas veces entre una broma y la siguiente. No era especialmente dramática. No había música, ni lluvia contra las ventanas, ni ninguna de esas cosas que las novelas suelen colocar alrededor de dos personas enamoradas para asegurarse de que el lector comprenda lo que ocurre. Solo estaba ella frente a mí, con un guante puesto y el otro todavía olvidado sobre la consola del recibidor, y aun así sentí esa absurda certeza que me visitaba de vez en cuando: podría acostumbrarme a verla así durante toda mi vida.
Quizá ya lo había hecho.
Ella inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estás mirando raro.
—Siempre te miro igual.
—Eso es peor.
—¿Por qué?
—Porque significa que eres raro constantemente.
La seriedad desapareció tan rápido como había llegado y no pude contener la risa. Ella aprovechó para recuperar su mano y tomó el segundo guante, aunque en lugar de ponérselo me lo entregó directamente.
La miré.
—¿En serio?
—Ya que eres tan bueno.
—Hace treinta segundos podías hacerlo sola.
—He cambiado de opinión.
—Qué conveniente.
—La gente crece.
—En treinta segundos.
—Soy extraordinaria.
Aquello era, probablemente, imposible de discutir.
Tomé su otra mano.
Esta vez no intentó fingir impaciencia. Se quedó cerca de mí mientras acomodaba el segundo guante, observándome con una sonrisa pequeña, de esas que parecían existir únicamente para mí. Había algo peligrosamente agradable en cuidarla en cosas insignificantes. No porque creyera que necesitaba que lo hiciera —mi mujer podía desenvolverse perfectamente sin mí, y probablemente se sentiría ofendida si alguna vez insinuaba lo contrario—, sino porque me gustaba participar de su vida incluso en sus detalles más pequeños. Alcanzarle algo de un estante. Recordar cómo tomaba el café. Apartarle el cabello cuando se inclinaba sobre un libro. Saber qué expresión significaba que estaba cansada y cuál significaba que simplemente quería atención pero jamás lo admitiría primero.
El amor, había descubierto, no siempre entraba en una habitación haciendo ruido.
A veces simplemente te pedía que le pusieras un guante.
Terminé de acomodarlo y esta vez retiré las manos deliberadamente.
—Listo.
Ella examinó ambas manos con exagerada atención, girándolas frente a sí.
—Aceptable.
—Qué generosa.
—Podrías dedicarte a esto si todo lo demás fracasa.
—¿A vestir mujeres?
Alzó una ceja.
—A vestir a esta mujer.
—Ah. Mucho mejor.
Me dirigí hacia la puerta y alcancé mi abrigo, pero apenas había metido un brazo en una manga cuando sentí que tiraba suavemente de la parte posterior de mi camisa.
Me volteé.
Ella seguía exactamente donde la había dejado.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
Esperé.
Ella también.
—Estás haciendo esa cosa —dije.
—¿Qué cosa?
—La cosa en la que dices que no pasa nada hasta que yo adivino lo que quieres.
—No sé de qué hablas.
—Llevamos demasiado tiempo juntos para que eso siga funcionando.
—Entonces deberías haberlo adivinado ya.
Era imposible no sonreírle cuando se ponía así.
Me acerqué nuevamente.
—¿Olvidaste algo?
—Puede ser.
Miré deliberadamente alrededor del recibidor.
—Tienes el bolso.
Asintió.
—Las llaves.
Otro asentimiento.
—Tus guantes, gracias a cierto caballero extremadamente talentoso.
—No exageremos.
—Entonces no sé qué falta.
Sus ojos se estrecharon.
—Qué decepción.
Pasó por mi lado con una dignidad casi teatral y puso la mano sobre el picaporte.
La dejé llegar hasta allí.
Después la sujeté suavemente por la cintura.
—Ah —dije junto a su oído—. Eso.
Noté su sonrisa antes incluso de verla.
Cuando giró hacia mí, tenía esa expresión satisfecha de quien acababa de ganar un juego cuyas reglas había inventado ella misma. Me incliné y besé su frente.
Su satisfacción desapareció.
—No.
Tuve que hacer un esfuerzo considerable para no reír.
—¿No?
—Sabes perfectamente que no.
—Yo creí que querías un beso.
—Sí.
—Eso fue un beso.
—Eso fue una estafa.
Se apartó apenas lo suficiente para mirarme con indignación, aunque sus manos habían terminado apoyadas sobre las solapas de mi abrigo. Aquella contradicción resumía bastante bien muchas de nuestras conversaciones.
—Qué exigente eres.
—Y aun así aquí sigues.
—Tengo una paciencia extraordinaria.
—Yo diría que estás obsesionado conmigo.
—También.
Eso la hizo callar durante un instante.
Solo uno.
Después sonrió.
—Mejor respuesta.
Esta vez no jugué. La besé como ella quería: sin prisa, sosteniéndola por la cintura mientras sus dedos se cerraban suavemente sobre mi abrigo. Fue un beso sencillo, de esos que no tenían nada que demostrar, pero cuando nos separamos permanecimos cerca, respirando el mismo aire, con esa absurda resistencia a ser el primero en alejarse.
Ella fue quien rompió el silencio.
—Ahora sí vamos tarde.
La miré incrédulo.
—¿Ahora te preocupa?
—Muchísimo.
—Tú acabas de detenerme.
—No recuerdo eso.
—Hace literalmente diez segundos.
—No hay pruebas.
—Estoy casado con una delincuente.
—Una muy bonita.
La observé durante un momento.
—Ese es precisamente el problema.
Su sonrisa se volvió luminosa, satisfecha, casi infantil, y entonces abrió la puerta mientras me tomaba del brazo.
Salimos tarde.
Naturalmente.
Mientras caminábamos, ella se aferró a mí como acostumbraba hacerlo, su hombro contra el mío y sus pasos acomodándose a los míos sin que ninguno tuviera que pensarlo. A mitad de camino comenzó a contarme algo que había leído esa mañana, gesticulando con ambas manos enguantadas y desviándose constantemente del tema porque cada detalle le recordaba otro distinto. Yo la escuché, interrumpiéndola solo para molestarla cuando exageraba demasiado alguna parte.
Y mientras hablaba pensé que, después de todo, quizá aquella era mi forma favorita de estar enamorado.
No durante las grandes declaraciones.
No bajo cielos extraordinarios.
Sino caminando un poco tarde hacia algún lugar, con mi mujer enlazada a mi brazo, escuchándola contar una historia que probablemente habría podido resumir en cinco minutos y que, por suerte para mí, jamás resumiría.
Inspirado en Veil, por Kotteri.
Te amo, Rui.
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