El terreno no estaba dañado. Eso fue lo primero que me llamó la atención. La tierra seguía húmeda, fértil, bien trabajada. No había signos visibles de deterioro. Desde lejos, el campo parecía sano.
El sendero se fue formando de a poco. Nadie lo trazó. Se produjo por acumulación. Cada paso reforzaba el anterior. El suelo cedía apenas, lo justo para que el siguiente pie eligiera el mismo lugar. Con el tiempo, desviarse dejó de ser una opción razonable.
Los girasoles crecieron alrededor de ese tránsito constante. Al principio no ofrecieron resistencia. Después empezaron a modificar su postura. Ajustes mínimos, casi técnicos. El tallo aprendió dónde endurecerse y dónde ceder. La flor, cuándo detener el giro.
El sol siguió cumpliendo su función. Pasaba, insistía, marcaba las horas. Pero ya no encontraba respuesta. La orientación dejó de ser un reflejo. Se volvió una decisión evitada. Levantar la cabeza implicaba volver a quedar expuesto al paso.
La repetición produce efectos que no se registran como violencia. No deja restos, no deja escenas. Solo reorganiza los cuerpos. Los vuelve más bajos. Más densos. Más eficientes para no estorbar.
Yo estuve ahí el tiempo suficiente como para notar el cambio. También el tiempo suficiente como para no intervenir. Mirar sin hacer nada fue una forma de participación. El campo no necesitó más.
Ahora los girasoles siguen creciendo. Florecen. Cumplen con lo esperado. Nadie diría que algo falta. Sin embargo, algo se retiró de ellos: la disposición a orientarse hacia la luz.
No están muertos. Tampoco están intactos. Funcionan dentro de un sistema que ya aprendieron a no desafiar. El sol ya no es una referencia. Es un elemento más del entorno, tolerado, pero no seguido.
Los girasoles también aprenden a agachar la cabeza.
Y cuando eso ocurre, el paisaje entero parece tranquilo.
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