los espejos se rompen con patadas: no quiero ver mi cara.
Sep 13, 2025
descolocado como si alguien lo hubiera movido de sitio dentro de sí mismo. hay un hueco en el pecho, una costilla fuera de lugar, una raíz arrancada con violencia. no encuentra fuerzas para avanzar; el aire pesa más que cualquier cuerpo y respirar es una batalla perdida desde que la migraña le rasguña la sien como si una garra invisible insistiera en partirle la cabeza en dos. cometió una equivocación —nadie sabe cuál, nadie más tiene registro—, pero para él han pasado siglos arrastrando ese error como un féretro. su corazón sigue afligido hasta la podredumbre, un tambor de hueso golpeando a deshora. se tiende en el césped de su jardín como un muerto que todavía tiembla, y allí, entre caléndulas que ni lo reconocen pero le hacen estornudar hasta sangrar, va aplastando hormigas con sus nudillos, asesinas diminutas que lo pican hasta rasgar la piel. no sabe si es venganza o penitencia, pero deja que el escozor lo mantenga despierto. marchita azúcar en la lengua, florece astillas bajo la dermis. la dulzura ya no existe, todo lo que brota de él es filo, restos punzantes de un alma que alguna vez fue blanda.
vitrolero sin reflejo, un recipiente vacío de sí mismo. evita los espejos, porque los espejos son verdugos. no se quiere mirar, no es capaz: la imagen le resulta un crimen, un testigo que lo acusa sin hablar. por eso, antes de acostarse en aquel acolchonado de muerte que finge ser su cama, destroza el cristal a patadas. cada golpe es un “no quiero”, un “no puedo”, un rugido en silencio que lo deja con las plantas de los pies marcadas de polvo brillante. el espejo se rompe, pero la cara que odia todavía respira detrás de sus ojos cerrados.
sus pupilas son más grandes que nada, agujeros negros que engullen toda la luz que intenta salvarlo. las pestañas mojadas caen, tocan el contorno ojeroso, medio oscuro, medio violento. tiene los labios secos, agrietados, buscando ósculos hidratantes que no llegan, como si el mundo le negara hasta el alivio mínimo de un sorbo compartido. las arterias están tapadas de recuerdos, coágulos de culpa en busca de un perdón que no se atreve a recordar.
el de metro-ochenta-y-tantos ya no camina: se arrastra en sus propios delirios, se enreda con su sombra, se ahoga en sí mismo. se siente perdido, tan perdido que ni el eco de su nombre lo encuentra. jung es un espectro con cuerpo, un ciervo sin bosque, un hombre que ya no quiere verse porque mirarse sería firmar su condena. y mientras las caléndulas cierran sus pétalos con la caída de la noche, él se queda inmóvil, con los ojos abiertos en la penumbra, respirando como si cada inhalación fuera un castigo. no hay redención en su jardín, solo tierra removida, hormigas muertas y un espejo hecho trizas, reflejando en pedazos todo lo que ya no puede soportar ver.
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