Surca por las aguas galeón de débil maderaje;
las olas golpean sin gracia el casco de dichoso navío.
Desde lo alto, criaturas de plumaje blanco graznan
sin cesar en un canto descoordinado y vacilante
que hace a los marineros levantar armas.
Dispararon sin piedad, hasta que los sucios y despiadados
hombres lograron golpear a una de aquellas
almas petulantes, que vociferó con la fuerza
de un lestrigón, uno de grandes brazos
y nulos pensamientos.
Aquella criatura se retorcía sobre la cubierta,
y los marineros reían sin cesar.
¿Dónde quedó la majestuosidad
de los albatros, reyes del cielo,
que alguna vez surcaron
el azul sin miedo alguno?
Jactándose de su hazaña, patearon al animal
afuera del barco.
El mar engulló aquel ser cuya única maldad fue
vivir su propia existencia.
Mermados los gritos y sin rumbo aparente,
el galeón prosiguió su camino entre las grandes olas;
pero el mar no olvida. Nunca lo hace.
Cuando quisieron darse cuenta,
las aguas devoraron la proa del barco.
—¡Salvad el pellejo! —gritó el capitán.
Nadie podía oír su voz.
Justo antes de hundirse junto con las
velas de su barco, un graznido lo hizo
alzar la cabeza: era un albatros.
Se reía de él. Se reía de todos.
Rey sin corona, sin reino, sin trono.
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