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Los diez segundos más largos del mundo

Jul 3, 2025

209
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10
El vacío no hace ruido.
Solo un zumbido que se instala en los oídos, como si el mundo se quedara sordo conmigo.
Me acabo de soltar.
Eso es todo. Un paso.
Un paso hacia abajo, como si bajara una escalera que no termina.
¿Y si alguien llega ahora? ¿Si alguien me grita “esperá”?
No. Nadie viene corriendo. Nadie sabe.
O sí saben, y no les importa.
Me acuerdo de cuando tenía fiebre y mi mamá me mojaba la frente con un trapo.
Era linda esa forma de existir: quieta, cuidada, sin tener que demostrar nada.

9
El vértigo no es lo peor.
Lo peor es el pensamiento que se mete, como un ladrón:
"Esto es definitivo".
No hay tecla de borrar. No hay botón de pausa.
Recordé una vez que vi un pájaro morir contra una ventana. Fue instantáneo.
Cayó de espaldas. Las patitas temblando al aire.
Yo tenía nueve años.
Lo enterré en una cajita.
Nadie entendió por qué lloraba tanto.
Hoy entiendo: no era el pájaro. Era la velocidad de la muerte. La brutalidad de lo que no avisa.

8
El aire raspa. No pensé que doliera así.
El cuerpo humano no está hecho para volar.
Ni para caer.
Me acuerdo de ella.
De su risa, de sus manos, del lunar en su omóplato izquierdo.
Me acuerdo de cómo me miraba cuando pensaba que yo no la miraba.
La arruiné.
Me fui antes de que pudiera decirme que me amaba.
Siempre me voy. Siempre me tiro. Siempre antes.
Qué cansancio ser yo.

7
No me despedí de nadie.
No dejé una carta. Ni un mensaje.
¿De qué iba a servir? Las cartas solo sirven cuando alguien quiere leerlas.
Y yo no quería explicar nada.
Porque no hay nada que explicar. O todo.
Porque estoy lleno de palabras que no usé.
Como “ayuda”.
Como “perdón”.
Como “quedate”.

6
Una vez alguien me dijo que todos tenemos una escena que nos salva.
Un momento guardado para los días oscuros.
Yo creí que no tenía ninguna.
Pero ahora, cayendo, aparece:
Mi abuela dándome de comer pan casero con manteca y azúcar.
Yo con las rodillas raspadas. Ella con sus manos agrietadas.
El sol entrando por la ventana.
Y la radio sonando bajito.
¿Por qué no pensé en eso antes?

5
Estoy cayendo, sí. Pero mi mente corre más rápido.
Voy repasando cada cosa que no dije, que postergué.
Los mensajes que no respondí.
Los abrazos que esquivé.
Las veces que me enojé sin razón.
Las veces que dolí sin querer.
Y también las veces que pedí amor con gestos torpes.
A veces, ser fuerte es solo una manera muy solitaria de decir “necesito que me abracen”.

4
Empiezo a arrepentirme.
No lo digo por miedo.
Lo digo porque algo en mí empieza a gritar que no era así como tenía que terminar.
Que había otras formas de parar este dolor.
Que tal vez, solo tal vez, era cuestión de un día más.
De una palabra más.
De encontrar, al fin, a alguien que dijera: “yo también me siento así a veces”.

3
Las luces de la ciudad se vuelven más grandes.
El asfalto se dibuja con una claridad que me aterra.
Y me pregunto si abajo alguien me está mirando.
Si alguien va a llorar.
Si alguien va a decir: “yo podría haberla salvado”.
Y me duele pensar que, en el fondo, yo no quería morir.
Solo quería dejar de doler.

2
No. No quiero esto.
Quiero volver atrás.
Quiero estar en mi cuarto, con la lámpara prendida, mirando el techo y pensando en nada.
Quiero el silencio de la noche sin este zumbido atroz.
Quiero mandar ese mensaje que no mandé.
Quiero probar, al menos una vez, a contarle a alguien lo que me pasaba.
No sé cómo se hace. Pero ahora quiero aprender.

1
Me tiemblan los dientes.
El cuerpo se prepara para el impacto, pero la mente se rebela.
No. No. No.
No quiero morir.
No así.
No ahora.
Quiero vivir, aunque no sepa cómo.
Quiero decir: “me equivoqué”.
Quiero otra oportunidad, aunque sea por lástima del universo.
Dios, destino, azar, lo que sea.
¿Me estás escuchando?

0
Y entonces… silencio.
Pero en ese instante final —mínimo, invisible—
hay algo que se enciende en mí.
Una voz muy bajita que dice:
“No estabas sola”.
“No todo era tan terrible”.
“Te faltaba ver lo que venía”.
Y ahí termina.
O empieza.
No sé.

Yuliana Davico

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