LOS BARES DEL SUR*
De gitana los ojos; las ojeras, victoria de la noche. De renovado mármol la epidermis. Mascarones de proa, los dos pechos
navegan por el mar de los sargazos entre ardidos, piratas y sedientos.
Los zapatos celestes, grande y honda la herida del taconear ligero y de la falda que, igual al escote de la blusa, busca el ojo cerrado del ombligo. Y esa risa alevosa, envolvente, cantarina, chorro de luna llena en el sol con muletas de los antros.
Engalanada para la sed del Viernes, tomas posesión. A los peones ordenas el trópico en un vaso y ese ron que comienza el tiroteo inunda de llamas dulces tus entrañas. Mides, con regla de señora, tu dominio, reina de los plebeyos de la barra, ángel entre los torvos y sirenas.
Estela de los bares, tú no esperas: veinte cerillos prenden tu cigarro
cuando ya lo ha prendido tu bocaza, en pie de alta guerra tus carmines. Acódate y acábame. En tu primer cigarro,
une a todas las divas de mi infancia. Concédeme la gracia de guardar en mis ojos tu antebrazo donde quince lunares se congregan para trazar la forma del caballo donde espero llevarte
a cabalgar la noche.
En la arena como un rebaño pensativo, vuelven sus ojos hacia el horizonte de los mares, y sus pies que se buscan y sus manos rozándose tienen suaves desmayos y amargos estremecimientos.
Unas, corazones embelesados en largas confidencias, al fondo de la arboleda donde murmuran los arroyos, van deletreando el amor de la infancia medrosa y marcan el tronco verde de los árboles jóvenes. Otras, igual que monjas, andan lentas y serias entre las peñas llenas de apariciones, donde vio brotar San Antonio, como lenguas de lava, los pechos desnudos y purpúreos de sus tentaciones.
Hay algunas que, al resplandor de las resinas desbordantes, en la muda oquedad de los antiguos antros paganos, te piden que socorras sus fiebres vociferantes: ¡oh, Baco, tú que aplacas los remordimientos ancestrales!
Y otras, cuyo pecho prefiere los escapularios, que, ocultando bajo sus largos hábitos un látigo, mezclan en el bosque sombrío y en las noches solitarias la espuma del placer con las lágrimas de las torturas.
¡Oh vírgenes, oh demonios, oh monstruos, oh mártires, generosos espíritus que reprobáis la realidad, ansiosas de infinito, devotas y satiresas, tan pronto rebosantes de gritos como henchidas de llantos, vosotras que mi alma ha seguido hasta vuestro infierno,
pobres hermanas mías, os amo tanto como os compadezco por vuestros lúgubres dolores, vuestra sed no saciada y los cálices de amor que llenan vuestro gran corazón!
*Obra publicada el 5 de enero de 2000 por el poeta, ensayista y escritor mexicano Vicente Quirarte Castañeda, recién fallecido el 11 de agosto de 2026. En él, plasma el espíritu duro y tierno de la Ciudad de México, dualidad que se mueve cotidianamente entre lo frío y lo pasional, entre lo superficial y lo profundo.

4 Vientos
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