Locura,
no te alejes demasiado.
Te han juzgado toda la vida
Te han puesto nombres
Te han encerrado
Te han señalado desde lejos
como si fueras una enfermedad
y no una forma distinta de mirar el mundo.
Pero yo te conozco
Te he visto habitar
en las personas que todavía se emocionan
En quienes lloran por un atardecer
En quienes hablan con la luna
En quienes abrazan demasiado fuerte
En quienes aman sin calcular la caída
Dime,
¿qué sería del mundo sin un poco de ti?
¿Quién escribiría poemas?
¿Quién miraría una nube
hasta encontrar un animal escondido?
¿Quién besaría como si el tiempo se acabara?
Qué tristeza tan inmensa
debe ser vivir completamente cuerdo
Caminar siempre recto
Pensar siempre igual
No perderse nunca.
No sé tú,
pero a mí eso me parece
una forma elegante de desaparecer.
Locura,
siéntate un momento junto a mí
Cuéntame de aquellos
que fueron llamados exagerados
por sentir demasiado
Cuéntame de los soñadores
De los artistas
De los distraídos
De quienes aman las pequeñas cosas
como si fueran milagros.
Porque sospecho una cosa
Tal vez la humanidad
no esté muriendo de locura
Tal vez esté muriendo
de exceso de cordura
De demasiados relojes
demasiadas reglas
demasiada prisa
Quédate cerca, Locura.
Pero de esa locura buena
La que se atreve
La que contempla
La que imagina
La que todavía conserva
el raro privilegio
de asombrarse.
Porque el día
que dejemos de parecernos un poco a los locos,
quizá también dejemos de parecernos a los vivos.
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