Las heridas en la piel de Tomás no sangraban. Supuraban otra cosa. Comenzaron en las manos, en pleno invierno, cuando el frío bajaba de la montaña y cortaba como vidrio molido. Martín, su padre, creyó que eran grietas normales, pues el frío en Tierra del Fuego partía todo antes de tiempo: los árboles, los huesos viejos y la carne débil.
De las fisuras brotaba una sustancia oscura, espesa, con un tono verdoso de naturaleza ajena a cualquier humanidad, y un olor denso y húmedo que recordaba la tierra removida después de la lluvia, mezclada con algo podrido.
Tomás no lloraba, miraba sus manos extrañado.
—Arde —decía cuando sentía que no podía más con la sensación punzante.
Martín lavaba cuidadosamente con agua caliente, retiraba la piel que se levantaba en láminas finas. El chico contenía el llanto con una obstinación disfrazada de valentía que lo volvía aún más frágil.
El rancho vibraba con el viento. A través de las rendijas entraba un silbido constante, como si el invierno respirara del otro lado. Vivían en las faldas de la montaña, en un predio cercano a donde alguna vez funcionó la vieja cárcel del pueblo, ahora convertida en museo y punto turístico casi obligatorio. El terreno de “la cárcel del fin del mundo”, era un paraje desolado donde quedaban restos de la vida presidiaria: alambres oxidados, huesos viejos y piedras apiladas.
Martín trabajaba limpiando y despejando el predio cuando la temporada lo permitía. Mientras que en invierno hacía changas aquí y allá, cortando leña y arreglando cercos. Lo justo para pagar algo de comida para los dos y mantener la estufa encendida para espantar la helada.
Aquella noche, Tomás miraba sus manitos sin poder creer aquella situación.
—Papá, ¿por qué me sale esto?—preguntó mientras luchaba contra el impulso de rascarse las vendas.
—Tranquilo hijo, nomas es el frío —dijo Martín sin levantar la vista.
El clima empeoró a la par que las heridas. Ahora no solo era en las manos, subían por las muñecas, finas líneas negras. Cuando Martín apoyó la yema del dedo en una de ellas, sintió algo tibio por debajo, que hacía que la piel se tensara, como si algo empujara desde dentro.
Al tercer día el olor ya impregnaba toda la covacha. Tomás comenzó a delirar.
—No quiere quedarse… —susurró en la madrugada.
—¿Quién?
El chico señaló su propio pecho, Martín no respondió.
Cuando Tomás nació, llegó al mundo casi azul. Martín nunca olvidaría el tono exacto de la piel del bebé, un azul lechoso, como si el frío quisiera reclamarlo antes de aprender a respirar. Recordaba el ruido del respirador, el vapor en la sala improvisada del hospital, el olor agrio del desinfectante barato. Recordaba también a su mujer inmóvil, pálida y sin vida en una camilla al lado de la incubadora.
—Los pulmones no están listos—, le había dicho la doctora —No va a pasar el invierno—
Tampoco borró de su memoria al hombre de maestranza que lo había visto llorar en el estacionamiento. Un viejo de manos gruesas y mirada vidriosa, que decía la gente del pueblo, fue de los últimos convictos del penal cuando este cerró.
—Mira pibe, acá el frío no mata —le había dicho—. Acá lo que mata es lo que cada uno trae dentro.
—¿Y cómo se saca? —preguntó Martín.
—No se saca. Se pasa, y si lo hacés a tiempo, el cuerpo sana— replicó el viejo sin dirigirle la mirada —Vos tenés que enfocar la atención a algo más débil y ahí la podredumbre rancha de vuelta…—
Aquella noche, cuando Tomás era apenas un bulto tibio y débil, Martín lo llevó al bosque. Repitió palabras que no entendía. Rogó sin saber a quién. No creía en supersticiones, pero era padre y su hijo recién nacido, estaba muriendo.
Las heridas subían por los antebrazos. No sangraban. La sustancia espesaba las vendas. El olor se hacía más fuerte.
Tomás ya no iba a la escuela.
—No me quiere —dijo una tarde, mirando el techo.
—¿Quién?
—Lo que está acá.
Se tocó el pecho. Martín apoyó la oreja. Escuchó el latido acelerado. Nada más. Nada extraño. Pero el olor estaba ahí.
El invierno recrudecía. La leña se acababa a la par que el dinero. Martín miró a su hijo envuelto en mantas, respirando con dificultad. Sabía que aquel mal no había terminado de irse y si lo dejaba avanzar, Tomás no viviría más de unos días.
Martín salió antes del amanecer hacia el nuevo asentamiento cerca del predio. Una familia con un nene de un par de años se había mudado recientemente. Él los había ayudado con el traslado de sus cosas.
“Más débil”, se repetía Martín mientras avanzaba.
El asentamiento dormía, salvo la casa del matrimonio, donde se escuchaba el tumulto de una discusión. Martín esperó a un costado, escuchando como estallaban platos y se quebraban las voces adentro.
Pensó en volver, pero recordó a Tomás azul, indefenso y aferrándose a la esperanza de un milagro. Si Martín no hacía nada, lo perdería… Aprovechó el escándalo para empujar el marco trasero con el hombro. La puerta cedió sin resistencia.
El cuarto del niño estaba tibio. El chico estaba sentado en la cama, gimoteando sin fuerza, con la cara llena de lágrimas a medio secar.
Cuando lo vio, dejó de llorar.
—Shh… —musitó Martín llevándose un dedo a los labios.
Dio un paso atrás, volvió a dudar. Vio la cara del chico superponerse con la de Tomás recién nacido.
El siguiente grito desde la sala lo atravesó como un disparo. El chico tomó aliento para llamar a su madre pero el hombre apoyó la mano sobre su boca, firme. Y entonces notó el mismo azul lechoso en la cobijita del nene, recordando el tono de piel de Tomás recién nacido. Una lágrima resbaló por el rostro del hombre mientras el pequeño intentaba zafarse.
Martín terminó el forcejeo con un crujido seco sobre el cuello del pequeño. Envolvió el cadáver aún tibio en el saco y salió por la misma puerta, la discusión seguía.
En el bosque, el frío era absoluto. Colocó al niño sobre las piedras húmedas. Se arrodilló, apoyó las manos en la boca pequeña y repitió las palabras que había aprendido años atrás.
Cerró los ojos. No sintió más que el frío subiendo desde el suelo a través de sus rodillas. El cuerpo bajo sus manos también se iba enfriando lentamente. Se volvió rígido. Lo intentó de nuevo. Concentró la intención. Pensó en Tomás. En su respiración rota. En su mujer muerta.
Cuando regresó a la casilla, Tomás estaba frío y no se movía. Martín se extrañó al ver las vendas limpias y la piel de lo que quedaba de su hijo, sin marcas, como si no hubiera sucedido nada.
Martín se sentó a su lado y esperó. Tal vez era parte del proceso, pensó. Tal vez aún estaba funcionando. Apoyó la mano en el pecho inmóvil y esperó.
A media mañana se escucharon gritos en el asentamiento.
Martín se despertó por el escándalo. Pensó en el otro niño.
Se llevó las manos a la cara.
El olor estaba ahí.
No en el cuarto.
Ni en las mantas.
En su piel.
Se miró las palmas, no había heridas.
Afuera, el viento acarreaba el lamento de una madre desconsolada.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.

Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión