despertaste un día y notaste la ausencia de magia que, tiempo atrás, edificaba tu poesía.
te abandonaste.
ya no habrán jardines que regar ni lunas de cristal que admirar.
despedís el ritual de sienes besadas, un adiós a las manos artesanas, incapaces de concebir un artificio más que te pueda salvar.
pero la memoria acompasa el hastío, tan fiel como tirana, vanamente, te repite: no se ha perdido lo que nunca has tenido. ser valiente no basta para aprender el arte del olvido, no cuando los acordes de una canción, un color o un símbolo matarte pueden, sin filo, sin sangrado excesivo.
y pensás que la felicidad, desde el quiebre, no acompaña tu caminar, pero no te importa cuando existen otras tantas cosas que imploran por la sobriedad emocional, instantes cualquieras que resultan profundos, como el mismo mar.
escuchaste decir que la vida es corta, pero pocos hablan de lo opresivo de las eternas horas que nos acechan la tristeza, o de la muerte como liberación cuando no hay luna ni sol en tus hábitos sensitivos. te desalojaron de la dicha que alguna vez sentiste, ahora lo que todo era, nada tiene que ser. abrazaste el desconsuelo como acto final, aquel próspero de hermosura retórica, leal como nadie lo será jamás.
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