Temblaba.
No sólo de pudor,
ni únicamente por el frío que dejaba la noche
sobre mi piel recién descubierta,
sino por algo más antiguo:
el miedo heredado de todas las mujeres
que aprendieron demasiado temprano
a desconfiar de la ternura.
Vos retirabas lentamente mis vestidos
como quien intenta desarmar una herida
sin hacerla sangrar de nuevo.
Y yo, desnuda frente a otro cuerpo,
no sabía dónde poner las manos,
ni cómo habitar aquella vulnerabilidad
sin sentirme a punto de romperme.
Me refugié entre tus piernas
con la torpeza triste
de quien nunca antes había sido mirada
sin violencia
—¿Es la primera vez? —preguntaste.
Pero había preguntas
que no podían responderse con palabras
Entonces lloré.
Lloré por las discusiones interminables
que atravesaban las paredes de mi infancia.
Por el llanto exhausto de mi madre
resonando en la cocina a medianoche
Por aquella frase suya,
repetida como una plegaria amarga:
“nunca confíes en los hombres”
Y de pronto ya no estaba solamente con vos.
También estaban conmigo
todos los miedos que heredé sin elegirlos
Lo comprendiste.
Y hubo en tu silencio
una delicadeza casi insoportable
Cubriste mi cuerpo con el tuyo
no desde el deseo,
sino desde esa forma extraña del amor
que intenta proteger incluso aquello
que todavía no sabe tocar.
—No tengas miedo —murmuraste—.
Pero el miedo no abandona el cuerpo tan fácilmente.
Una puede cerrar los ojos,
dejarse abrazar,
intentar creer en la suavidad de unas manos…
y aun así sentirse pequeña,
torpe,
desoladamente frágil.
Porque a veces
lo más difícil no es desnudarse frente a alguien,
sino aprender, después de tantos inviernos,
que existen abrazos
capaces de no destruirte.
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