Como todas las mañanas a penas mi pareja se va a trabajar, yo camino dormida hasta la cocina para preparar el mate. Es una rutina, automática, la costumbre Argentina.
A veces cuando se queda dormido llega a tomar uno o dos mates conmigo, pero hoy nos despertamos tarde los dos. Me saludó con un beso entredormido y se fue con la tranquilidad de que yo estaba bien, fuera de la cama.
Puse la pava a calentar y mientras tanto, como siempre, me gusta ordenar pequeñas cosas que van quedando sueltas por la casa del día anterior.
Cuando tomo el escobillón noto que deja una marca en el piso, pegajosa. Aprieto los ojos con fuerza para despistar la nublina matutina y ver mejor pero cuando los abro, ya agachada frente la mancha del piso, pego un grito agudo que retumba por la pequeña cocina y vuelve de un impacto a mi cuerpo.
Pego un salto hacia atrás y doy pequeños saltos en el lugar: sacudo las manos, tiro el escobillón, meneo la cabeza y murmuro el diccionario entero de las puteadas.
Miro la mancha en el piso y veo cómo comienzan a arrastrarse hacia mí esos pequeños gusanos blancos, rápidos, desestructurados. Algunos se camuflan en las baldosas blancas, otros son tan pequeños que parecen puntos móviles, otros... otros...
Abro los ojos y tomo una bocanada de aire, que al expulsarla, sale con un grito desgarrador capaz de alarmar al vecino de al lado, arriba y abajo.
Estaban por todas partes.
Salían por debajo del horno, la heladera, el mueble y el tacho de basura.
Se retorcían como si el piso de mi cocina fuera una pista de baile y todos estaban aprendiendo a bailar el twist.
Me quedo congelada en el lugar, preguntándome por qué estas cosas me pasaban a mí. Y por qué, Dios por qué, me pasaban estando sola.
A penas comienzo a sentir que el cuerpo me cosquillea me sacudo y corro fuera de la cocina: los sentía en mi piel, trepando por mis tobillos, por mis piernas, mis brazos. Me siento invadida y sobre todo asqueada por todo lo que contamina ahora el suelo de mi cocina.
Sin pensarlo me calzo y agarro la lavandina del baño: saco la tapa y con todo el odio acumulado dentro mío lo desparramo por todo el piso. En mi cabeza imaginaba el sonido de miles de gritos agudos y desesperados porque necesitaba una confirmación de que los estaba matando. De que yo, estaba ganando.
Nada.
Comienzan a nadar como si ahora estuvieran practicando el estilo mariposa.
Yo los veo horrorizada, agachada en la puerta de la cocina. Mi respiración es entrecortada como si la que se estuviera ahogando fuera yo. El miedo circula en el aire esperando a que yo comience a preguntarme: ¿Cómo lo resuelvo? ¿Cómo los mato? ¿Cómo los saco? ¿Y si es una plaga? ¿Y si se expanden por toda la casa? ¿Y si no puedo entrar nunca más a preparar el mate?
Intento razonar y buscar la fuente de los bichos, su nido, su escondite: pero salen de todas partes. Incluso algunos decidieron ir de escalada como si fuera el Monte Everest y comenzaron a escalar por las paredes, la puerta y la heladera.
Yo los miro, temblando desde afuera. Tal vez todo es mi culpa: una cascara de huevo que cayó de la basura, un pedazo de tomate, algo podrido de la bolsa o simplemente mi presencia en esa casa.
Esa plaga era consecuencia de mi presencia.
Agarro la escoba y convierto la piscina en marea: los barro contra una esquina mientras moqueo y lloro desesperadamente. A donde sea que me giro para barrer hay miles esperando la ola como si fuera el parque de la costa. Se ríen de mí, de mi desesperación, de la incertidumbre que me controla al no saber bien qué hacer. ¿A dónde los tiraría? ¿A la basura? Pero si de ahí vienen...
Pánico.
Reconozco que nada de mí responde y funciona porque estoy presa del pánico. No controlo la respiración ni mi motriz porque la desesperación lleva el mando. ¿Por qué me bloqueo ahora en un problema tan solucionable como este? ¿Qué es lo que me da tanto miedo? ¿Por qué no logro recomponerme en mi centro? ¿No me creo capaz? ¿Lo siento fuera de mi control? ¿Qué es lo que me está paralizando?
Son más que yo, en cantidad. Por que si hablamos de tamaño y capacidad, voy ganando de ante mano.
Pero voy perdiendo.
Como siempre, en todo, cuando el pánico es el que controla todo.
Controla mi mente, mi cuerpo, mis pensamientos, mi respiración.
Tiro la escoba y salgo de la cocina: el olor a la lavandina me marea y me intoxica, me arde la nariz y me raspa la garganta. Me siento en el piso y junto las piernas contra el pecho, cruzo los brazos y me rasco el cuello, los hombros, y lloro.
Me quedo sentada en el piso un rato largo, nublada. Agacho la cabeza y cuento hasta que me pierdo y arranco de nuevo. No paro de contar hasta que mi respiración sea lenta, tranquila. Despego las manos de mi piel y noto mis uñas manchadas y gastadas: noto el ardor en mi cuello y la sensación de que una capa de piel ahora falta.
Todo está en silencio. Incluso la cocina. Ya no escucho gritos agudos o mi llanto desesperado. No se escuchan mis pensamientos y las preguntas amenazantes.
Miro el mar de lavandina y nadie se mueve, estamos todos quietos.
El pánico vino y provocó el terremoto de siempre, dejándome sola para limpiar las ruinas y el desastre.
Desde el piso la veo como si fuera de otra persona, y no me levanto. Cierro los ojos y dejo todo ahí. En esa playa.
A veces, creo yo, que estoy mejor tirada en mi cama.
La cocina está ahí, abierta, respirando sola.
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