No todo lo que vive aprende a mostrarse.
Algunas cosas eligen el peso,
la oscuridad,
la lentitud de lo que no tiene apuro.
Bajo la tierra no hay palabras,
solo una presión constante,
una forma muda de insistir.
Hay algo ahí que no pide salir.
Respira.
Sostiene su propio encierro
como una forma de permanencia.
A veces creo que también yo cargo
esa respiración invisible,
una paciencia que no sabe estallar,
un pulso que no encuentra cielo.
No es muerte.
Es otra manera de estar viva.
Más callada.
Más honda.
Lo que respira bajo la tierra
no busca ser visto.
Busca no desaparecer.
Y en ese gesto mínimo,
casi inmóvil,
me reconozco.
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