Anhelar lo imposible no es un gesto romántico.
Es una consecuencia simple de estar vivos.
No se desea porque se crea:
se desea porque hay una certeza opaca, casi cansada,
que insiste en llamar propio a lo que no es de uno.
Se habla de autocontrol como si fuera una virtud.
En realidad, es una forma educada de contener el miedo.
Aprendemos a sostener lo que tiembla,
a volver refugio lo que apenas respira.
Pero contener lo puro no lo vuelve más noble.
Lo vuelve frágil.
Casi inútil.
Vivir del todo resulta excesivo.
Un solo segundo de verdad alcanza para que duela.
Nada llega al final:
todo empieza ya gastándose.
Cada vínculo nace con su desgaste incorporado.
La conciencia no salva.
Acompaña.
Saber no evita la caída,
solo la vuelve más clara,
más silenciosa.
Lo que queda no es enseñanza ni consuelo.
Es una presión leve en el pecho,
seca, persistente,
como un invierno largo.
La certeza de haber tocado algo real,
aun sabiendo —desde el principio—
que no iba a durar,
que no iba a alcanzar.
Como un objeto que, por temor a ser tocado,
se fue apagando bajo el polvo.
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