La incomodidad del sillón y el sentimiento paranoico de una mirada penetrante ya me daban el indicio de que algo iba a salir mal aquella noche.
No fue hasta las cinco y media de la mañana que vuelvo a abrir los ojos cuando un grito agudo, desesperante, penetra y alarma mis sentidos: abro los ojos y el color de una fogata tiñe las paredes del pasillo. Tardé dos segundos en reaccionar: de un salto me levanto y corro hacia la luz, la cual una vez frente a mí, me choca calurosamente y me obliga a retroceder y tropezar con Brisa.
Mi primer instinto es correr a la cocina y buscar un balde, pero la oscuridad y las primeras manifestaciones del humo dificultaban cualquier hallazgo. Agarré las botellas de vino reutilizadas como floreros y le arranqué los ramos marchitos: no sé adónde fueron a parar, pero agarré las botellas y salí disparada a la habitación.
Tomé aire y lo aguanté dentro mío mientras vertía las dos botellas sobre el fuego. Alguien dijo que agua no, pero, como a todo sonido e intento de razón, mis oídos jugaron sordos y el instinto tomó ventaja del juego. Cuando las botellas quedaron vacías disparé hacia el baño: no recuerdo por qué volví sin ellas ni dónde las dejé, sólo que el camino ya empezaba a ser borroso para las tres.
Brisa apareció con un balde: lo tiró sobre el colchón pero las llamas siguieron bailando libremente frente a nuestros ojos: las tres lo observamos paralizadas, sintiendo que los escasos recursos ya se nos habían acabado. Arrebaté el balde de sus manos y corrí a la ducha.
"La canilla no anda". Me mojé la cabeza, y si hubiera sido una situación cotidiana me hubiera molestado. Pero ya tenía los pies y las manos empapadas y el fuego alimentando su amenaza. De vuelta a la cocina: balde lleno. De vuelta a la habitación. El fuego disminuye, pero no desaparece.
Entre la oscuridad, el humo y el destello del fuego estaba Majo: si hubiera sido otro lugar, otro momento, y la luz del sol, me hubiera enamorado de aquella imagen. Sin embargo, al mirarla en ese momento, la angustia me traspasó como una flecha al corazón y me adormeció el cuerpo entero. No recuerdo qué, pero algo nos despertó de ese sueño. Miramos el colchón y el fuego se había metido dentro, como si quisiera resguardarse de nosotras y nuestros intentos de ahuyentarlo. Se refugió asustado y tímido, como si la amenaza de peligro fuera nuestra presencia.
Levanté la voz y les pedí que por favor salieran, que se cubran, que el humo era tóxico. Pero ni yo hacía caso a mis órdenes. Se sentía denso el ambiente, que las tres nos encontrábamos perdidas. Queríamos bajar los brazos y al mismo tiempo resguardarnos del peligro.
Brisa abrió todas las ventanas y puertas. Creí haberme rendido al correr hacia afuera por aire, rogándole a ellas que salieran y no respiraran más. Tosí y escupí: miré la habitación aún iluminada y volví a entrar, cubriéndome la nariz con la remera y apartando el humo con manotazos al aire. Cuando entré, Majo abrió la ventana, levantó el colchón y lo sacó por ella: el aire frío se llevó al fuego como un ave que pasa y recoge la presa del mar. El colchón volvió a entrar y quedó reposado a un costado entre el humo y la oscuridad.
Le dije a Majo que salgamos, que Brisa estaba en el balcón. Y recién ahí, desabrigadas las tres, nos miramos y lloramos. Tosía una y luego la otra, mirábamos en turnos hacia adentro como si lo que había en el departamento fuera muy sensible para tener un público atento. No sé qué dije ni quién entró a buscarlo, pero el puf apareció en mi mano. Y mientras marcaba al 911 disparaba ráfagas de viento en mi boca para ver si también me volvían las palabras.
Apenas colgué la llamada de auxilio me agaché y lloré, bocanada de aire que entraba, lágrima que salía. Majo se agachó a mi lado y me tranquilizó. En aquel momento sentí el amor más grande que una amiga me podría haber dado: ser la calma en la tormenta estando bajo la misma lluvia. No me animé a mirarla. Perdió su cama y se quemó las manos. Y a mí me faltaba el aliento para también poder consolarla.
Recién ahí, cuando veíamos el humo desaparecer de a poco, nos miramos entre las tres y pudimos decir "estoy bien". El timbre sonó y en fila, en silencio, bajamos por el ascensor. La policía nos interrogó, nos tomó los datos y subió a corroborar que todo esté bajo control. Preguntaron por la ambulancia que debía estar en camino y tiraron algún chiste disfrazado de consuelo. Yo seguía agachada en el suelo, con Majo a mi lado y su mano lastimada acariciando mi espalda. Bocanada entra, lágrima sale.
Cuando llega la ambulancia y camino hacia ella noto mis pies, las medias y el pantalón empapados: camino de puntas de pie y me siento en la camilla. Majo y Brisa entran seguidas, sentándonos una al lado de la otra. Me aseguré de mirar con detalle, apreciando su compañía. A pesar de lo sucedido, aquella imagen era cálida.
Un shock asmático. Así lo describieron. Me inyectaron un medicamento que dolió hasta el día siguiente: me había adormecido el brazo de camino al hospital, y cuando saqué la venda aquella noche, me había dejado un moretón.
Sólo fuimos Majo y yo al hospital: de camino nos reímos un poco. La tensión empezaba a desaparecer de a poco, y de nuevo frené a verla atentamente. Ya no importaba ni el contexto ni el momento, estaba feliz de estar ahí con ella. Mientras la miraba admiré el pequeño destello de luz que aún desprendía de su mirada. Muchas veces la había admirado, pero aquella madrugada, me sentí orgullosa de ser su amiga, de estar a su lado, de tenerla en mi vida. En aquella ambulancia, cuya puerta iba mal cerrada y se abría de vez en cuando, me sentí afortunada.
Una vez en la salita del hospital con la máscara de oxígeno, esperábamos sentadas a que mis pulmones vuelvan a sentir aire fresco. Mi novio estaba en camino y mientras tanto, Majo configuraba el teléfono de repuesto para descargar los pasajes en tren que tenía para dentro de cinco horas y media. Yo la miraba desde la camilla y ella desde el banquito a mi costado. Se quebró y apoyó su cabeza en mis piernas. Mi mano temblorosa acarició su cabello y una presión me hundió el pecho. Había perdido el teléfono y el colchón: se había quemado las manos y no tenía a nadie más que a Brisa y a mí para compartir la angustia y el miedo de la situación. Espero haber sido el abrazo y compañía que necesitaba.
En aquél hospital no le pudieron asistir las heridas de las manos, y si yo hubiera tenido el aire necesario para gritar a los cuatro vientos que era una severa inclemencia, lo hubiera hecho. La impotencia me tensionaba el cuerpo entero y en aquella parálisis terminé haciendo nada. Se sentó de nuevo a mi lado y nos reímos, hicimos chistes al respecto e intentamos armar el relato como un rompecabezas, con las partes que ella recordaba y las que yo aportaba. Mi novio llegó y media hora después, nos fuimos.
Cuando salimos del hospital la luz de sol ya iluminaba la ciudad. Nos subimos a la camioneta y nos dejó en su casa. Subimos y nos reunimos con Brisa: el departamento ya estaba libre de humo. Brisa nos recibió con una sonrisa apenada y preguntas de preocupación que pudimos calmar. Ella estaba mejor, y con pocas palabras y pequeñas miradas volvimos a empezar. El departamento con la luz de día ya retomaba el color de vida. Daba la sensación que aquél episodio fue en realidad sólo una pesadilla.
Mi novio volvió con cuatro cafés, gasas y una crema para las heridas de Majo. Nos sentamos en la mesa redonda y hablamos del tema a la ligera. Nos reímos, lo recordamos y seguimos con el día.
Todas en algún momento, horas después, cuando lo hablábamos con familiares y amigos volvimos a llorar. Incluso ahora, reescribiendo, algo dentro mío empuja esa catarata de nuevo a estallar. Tenía una sola cosa clara: en el momento del caos no me importaba mojarme, ni los vecinos, ni apagar el fuego. El instinto y la desesperación actuaron en pos de que estén a salvo. El miedo de perder algo valioso.
Pero ahí estábamos. Las tres, riendo.
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