¿Qué fue lo que dijo?
«¿Acaso se puede morir del susto? — ¿acaso se puede morir de las expectativas que tiene uno, a futuro, como si pudieran tenerse al alcance de la mano?».
No lo sé.
Lo que yo quiero no lo puede comprar el dinero. No cabría en ninguna parte. Incluso el cerebro le queda angosto.
Lo que yo quiero no se ve en ningún lado — va más allá de cualquier versión, natural o manufacturada, de lo mismo,
¡siempre lo mismo!,
todos los días son lo mismo.
Por favor — ¡que alguien mate a Noto que yo no puedo!
Estoy ocupado imaginando paraísos invisibles,
un oasis donde mantener frescas las imágenes que me frecuentan, por amor u a la fuerza
un frente de aire frío capaz de congelarme en este deseo mío de conservarme joven, por siempre, aunque eso implique re–imaginar lo inevitable.
Un día la Noche vendrá a visitarme — Ella correrá las cortinas en busca de mis huesos, postrados en la cama, pegados a la sábana;
mi cuerpo de madreperla intacta,
agónica,
frágil, rabiosa,
sin mover siquiera un dedo.
Todo mi cuerpo está sumido en una imaginación eterna,
entera,
jamás externa — y es que el mundo podría arruinarla,
manchar la idea,
mutilarla en desacuerdo,
prohibirla de ser — por favor, ¡aléjense!
ESTO ES UNA AMENAZA: Duermo con un calibre veintidós debajo la almohada. Quien atente contra mi comprometida —de lo mío, lo poco que me queda— es pan para los patos,
fertilizante para mi jardín — ¡mi jardín!
Mi jardín un día me consumirá entero y yo no moveré ni un dedo,
no podría,
la idea me mataría,
mi prometida me ejecutaría
y yo no movería siquiera un dedo,
no podría
no podría
no podría.
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