Antes era absurdamente más fácil todo el tema de la poesía. Mucho más por la noche. Mucho más cerca tuyo. Y sin embargo, algo se fue reagrupando, reconformando partes de mí que de alguna u otra forma debían continuar. Debían. Y creo que justo en aquella palabra las inteligencias artificiales fallan, porque recalcar esa palabra entre tantas otras es resumirnos a la mínima expresión de vida.
Al apagarnos repentinamente por la madrugada, casi inmóviles, exhalando un poco de humo y parpadeando cada tanto mientras a lo lejos el gato mueve algo y ni siquiera nos preguntamos qué. Deudas, nos abundan. Allá, acá, ahora y siempre, porque de andar condenados es que fuimos aprendiendo y más que nada a comprender que las palabras más sinceras son las que pasan desapercibidas. Forma por ejemplo. Qué forma debe adoptar la melancolía ahora que se ve obligada a distanciarse de todo lo que tenga que ver con vos.
Y la noche que ni siquiera me la permito, que le paso de largo siempre en pedo, borracho hasta la médula, o a las apuradas sin reparar en las vidrieras de las librerías, ni en los carteles o en los traseuntes que quieren recomendarte alguna que otra obra de teatro. Vivir y morir en las noches jamás me habían parecido tan opuestos.
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