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Pensamientos de un ateo moribundo en un Gat-Shemanim moderno.

33.

"¿Bienaventurados? los que lloran, porque ellos recibirán ¿consolación?"

Irónicamente, mi nombre significa Pequeño hijo de consolación.

Cuatro mil novecientos setenta y cuatro días sin consumir seres sensibles con los que comparto sistema nervioso capaz de sentir dolor.

Dos mil quinientos ochenta y siete días sobrio y limpio.

No entiendo a quien quiere vivir.

Desde niño, mi vida siempre ha sido una performance. Una obra que tengo que formular y desarrollar constantemente mientras a los demás les sale de manera involuntaria e innata. Siempre pensé en mi mismo como un dispositivo al que le faltan drivers que los demás traen integrados de fábrica.

En dos días será mi cumpleaños y una vez más, no tengo nada que festejar. Para mí, los cumpleaños, como todas las fiestas, siempre han sido un día más. Sin importancia, sin relevancia. Soy inmune a la idea milagrosa de que al soplar las velas y pedir un deseo, abrir un regalo bajo el árbol o cuando lleguen las 00:00 del primero de enero, vivir automáticamente cobrará sentido.

Mi cuerpo es una prisión de huesos, una amalgama de carne podrida y doliente que todos los días sale de la tumba. También soy el taxidermista que debe acomodar y maquillarlo un poco para que los demás no lo noten demasiado. Llevo muerto tantos años que ya no recuerdo cuando morí. Pero el quid no es que noten que no estoy vivo. Au contraire, el problema es que me exigen actuar como si estuviera vivo. Cada vínculo tira de mí como si fuera un plebeyo medieval con un caballo atado a un miembro distinto. La sociedad no tolera la muerte en vida; exige la simulación de la alegría.

Debo moverme con mis tendones engarrotados como ramas petrificadas, abrir mis ojos como la puerta de un castillo abandonado hace siglos al cual todos los días hay que encenderle una vela para simular que está habitado. Peinar mi pelo que se desprende de mí como el viento arranca las telarañas de los árboles en el bosque. Me gustaría volar así. Como las hermosas hojas en otoño que vuelan libres. Como las mujeres que amé y dejé ir para que no se hundieran conmigo, un lenguaje de amor que ya nadie parece saber hablar.

Hablando de un lenguaje de amor que nadie sabe hablar ya, en pocas horas tendré la edad de Cristo. Una parte de mí es Yehuda, otra parte es El Acusador, otra parte de mí es Cefas con la espada en la mano. Pero como Sócrates, yo le hago fondo blanco al trago amargo. Si por mi fuera, le cambiaría a Cristo su lugar en el cadalso o la cruz sin dudarlo. No espero resucitar al tercer día porque al cuarto día después de cumplir mis 33, mamá cumpliría años también. En Junio se cumplirá un año desde quela perdimos por el cancer.

Uno de los aspectos mas crueles de esta comedia divina y cósmica a la que asistimos es ver como las vidas más prometedoras son arrancadas y las que no tienen nada que ofrecer al mundo -como la mía- son las que quedan. Como un jardinero ciego que se pincha al intentar arrancar un cardo o siente el ardor al intentar arrancar una hortiga y entonces elige desterrar las flores más bonitas.

Pablo Bernabé Céspedes

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