Se instaló.
No lo llamé.
Pero el cuerpo obedeció
como un templo ocupado.
No fue milagro:
fue ciencia,
fue carne,
fue mandato.
Dentro,
algo crecía
como si supiera más que yo.
Mi vientre -
que era mío,
ya no me pertenecía.
Se agrandó la piel,
se achicó el aliento,
se borró la línea que me decía:
esto sos vos.
Y entonces,
el quiebre.
El desgarramiento celebrado.
La sangre recibida con flores.
Las visceras aplaudidas.
Parí,
y aún sangrando,
vinieron los cuervos:
con sus voces dulces,
con sus nombres sagrados.
Picotearon la ternura,
la envolvieron de culpa,
y me ataron un hijo al pecho
como si no doliera-
Amamantar-
dijeron-
es amar.
Pero yo
lloraba en silencio
mientras la leche ardía
y la piel se abría
como si el cuerpo apun no terminara de
parir.
Yo no era madre.
Era resto.
Una ruina con útero.
Y ellos comían:
de mi entrega.
de mi sonrisa rota,
de mi obeciencia.
Ahora lo sé.
No hay mayor mito
que el del cuerpo dispuesto.
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