Ya no soporto el silencio.
No el tuyo,
no el de ella,
no el de los que me rodean,
no el de los que me esperan.
Aprendo todos los días a habitarlo,
como un santo encerrado en la habitación de un pecador.
Se sienten insultantes cada una de las plegarias,
violentas plegarias con exigencias en momentos de necesidad.
Más insultante es cuando decido responderlas.
Mentiría si proclamara inocencia en mis acciones;
te condenaría villano y yo, víctima,
si afirmara ignorancia ante mis actos de autodestrucción.
Quizás lo sé todo o no sé nada.
Te eximo de la culpa,
aunque no tengo ninguna autoridad para hacerlo.
El peso de la persona está derritiendo mis pies.
Cuando se construye desde una base tan frágil,
el declive es inevitable.
No soy como Él:
yo no tengo mis límites plasmados en piedra.
Mis exigencias como deidad se debilitan ante alguien
que sabe usar sus rosarios conmigo.
Cuando me mira a los ojos en las adoraciones,
aunque se ausente en las alabanzas,
ahí es cuando se rasga la pintura de mi fachada
y me descubro de bronce y pies de barro.
No usarás mi nombre en vano.
Te pido que lo repitas,
alto y fuerte.
Quiero que me reconozcas,
que me veas y notes lo que trato de callar,
que mires la belleza que decís ver en mis ojos,
que la olvides,
que veas algo más profundo.
Quizás quiero que mi ego herido te alcance,
o mis ganas de habitarte y que me habites.
Que reconozcas cada lugar de este templo como tuyo.
Cierro las puertas.
Renuncio a este estado de diosa
y me hago devota de tus ojos,
de tu voz
y de tus manos.
Pero sé que es egoísta:
esos deseos no te habitan
ni te van a habitar.
Que cuatrocientos años de silencio pasarán como una semana
cuando se es agnóstico,
como vos lo sos cuando se trata de mí.
Con un par de lágrimas derramadas
y un par de maldiciones dichas,
me resigno.
Acepto la humanidad que me aleja
de la divinidad que finjo tanto.
Quizás viste a esa humana que soy,
encontraste la grieta que me delata
y te metiste por ahí;
quizás por eso tuve la presteza
de querer saberte más.
Repito con fervor:
te eximo de la culpa.
No he de decir tu nombre con desprecio
y he de dejar la puerta abierta de este espacio,
por si alguna vez viene a tu mente
los momentos que me adoraste como diosa
y yo te anhelé como humana.
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