mobile isologo
buscar...

Liturgia al alivio

Jul 17, 2025

156
Empieza a escribir gratis en quaderno

Alguna vez creí que amar era entregarse hasta vaciarse.

Alguna vez confundí dolor con destino.

Permanecí arrodillado frente a un altar sin diosa, ofreciendo mi alma a quien solo supo romperla.

Alguna vez su alivio fue mi locura y perdición.

Estas palabras solo son el testimonio de esa caída, del infierno al que entré con su nombre en la boca y del milagro que me sacó con el mío en los labios.

No es un canto de odio,

ni un reclamo.

Es una liturgia:

del duelo,

de la sombra,

del fuego,

y finalmente,

del alivio.

Gracias a quien vino a salvarme.

Y gracias a mí, por dejarme salvar.

I

Cada noche me sentaba frente a su ausencia como frente a un altar en ruinas esperando que un día el eco dejara de responder con su nombre.

Me aferré a sus ecos como a un himno maldito, esperando que el amor hiciera milagros en una tierra donde solo crecían tumbas.

Cada aplauso de la vida sonaba a silencio.

Silencio disfrazado de gloria.

Qué cruel teatro el del corazón encadenado.

La luna fue mi única testigo.

Me vio arder sin fuego,

morir sin pausa,

repetir sin fe el conjuro del olvido.

No rezaba por su regreso.

Rezaba por mi liberación.

II

Una noche

la luna me miró distinta.

Y entendí:

la liturgia había terminado.

III

Hoy escribo sobre vos

con la tinta de mi renacimiento.

Y con cada verso te entierro más profundo.

IV

Me costó noches sin nombre

y días sin aire.

Pero un día desperté

y el silencio no dolía.

La luna ya no sangraba,

y mi cuerpo, por fin respiraba.

Qué alivio, el olvido.

V

Alguna vez fuiste plegaria,

hoy solo eco en la caverna del olvido.

Te invoqué sin saber

que eras veneno envuelto en promesas.

Hoy rompo el conjuro,

te devuelvo al abismo

de donde nunca debiste salir.

Que el viento lleve tu nombre

lejos de mis huesos,

lejos de mi sombra.

VI

Alguna vez te recé.

Con manos temblorosas,

me arrodillé ante tu ausencia

y te ofrecí mi carne como altar.

Cada noche,

la luna mordía mi cuello

con los colmillos de tu nombre.

Pero hoy,

conjuro tu imagen

con sal y ceniza,

tallo en mi pecho el símbolo

del fin.

Nomen mortuum.

VII

Sin rezarlo,

sin merecerlo,

el milagro se abrió paso entre las costillas.

Me miró como quien encuentra algo sagrado entre las ruinas.

Y sin pedirme nada, me enseñó a respirar otra vez

Acarició mis huesos rotos,

y los nombró uno por uno

para devolverles su forma.

No me miró como posesión,

me vio como un cuerpo cansado

y no quiso tocarlo,

solo cubrirlo.

Una diosa,

sin templo,

sin dogmas,

solo manos suaves

y un nombre que no dolía.

Me habló en otro idioma.

Uno que no sangraba.

Y yo,

que creía estar muerto,

respiré.

Por primera vez,

no con terror,

sino con ternura.

Su luz no cegaba,

su amor no ardía.

Solo me enseñó

que podía vivir

VIII

Qué alivio, para los dos

que tu recuerdo no sea

lo último que vean mis ojos cuando me muera.

Qué alivio,

que el amor no tenga que doler

para sentirse real.

Qué alivio,

que el aplauso ya no sea silencio,

sino celebración.

Qué alivio,

mirar la luna sin sentir que me devora.

Qué alivio,

dejar atrás el altar del sufrimiento

para arrodillarme

solo ante la paz.

Y yo,

que fui ruina,

ahora soy templo.

Qué alivio.

Qué bendito, eterno,

santo

alivio

que el milagro no viniera de su regreso,

sino de su ausencia.

el oscurantismo

Comentarios

No hay comentarios todavía, sé el primero!

Debes iniciar sesión para comentar

Iniciar sesión