Alguna vez creí que amar era entregarse hasta vaciarse.
Alguna vez confundí dolor con destino.
Permanecí arrodillado frente a un altar sin diosa, ofreciendo mi alma a quien solo supo romperla.
Alguna vez su alivio fue mi locura y perdición.
Estas palabras solo son el testimonio de esa caída, del infierno al que entré con su nombre en la boca y del milagro que me sacó con el mío en los labios.
No es un canto de odio,
ni un reclamo.
Es una liturgia:
del duelo,
de la sombra,
del fuego,
y finalmente,
del alivio.
Gracias a quien vino a salvarme.
Y gracias a mí, por dejarme salvar.
I
Cada noche me sentaba frente a su ausencia como frente a un altar en ruinas esperando que un día el eco dejara de responder con su nombre.
Me aferré a sus ecos como a un himno maldito, esperando que el amor hiciera milagros en una tierra donde solo crecían tumbas.
Cada aplauso de la vida sonaba a silencio.
Silencio disfrazado de gloria.
Qué cruel teatro el del corazón encadenado.
La luna fue mi única testigo.
Me vio arder sin fuego,
morir sin pausa,
repetir sin fe el conjuro del olvido.
No rezaba por su regreso.
Rezaba por mi liberación.
II
Una noche
la luna me miró distinta.
Y entendí:
la liturgia había terminado.
III
Hoy escribo sobre vos
con la tinta de mi renacimiento.
Y con cada verso te entierro más profundo.
IV
Me costó noches sin nombre
y días sin aire.
Pero un día desperté
y el silencio no dolía.
La luna ya no sangraba,
y mi cuerpo, por fin respiraba.
Qué alivio, el olvido.
V
Alguna vez fuiste plegaria,
hoy solo eco en la caverna del olvido.
Te invoqué sin saber
que eras veneno envuelto en promesas.
Hoy rompo el conjuro,
te devuelvo al abismo
de donde nunca debiste salir.
Que el viento lleve tu nombre
lejos de mis huesos,
lejos de mi sombra.
VI
Alguna vez te recé.
Con manos temblorosas,
me arrodillé ante tu ausencia
y te ofrecí mi carne como altar.
Cada noche,
la luna mordía mi cuello
con los colmillos de tu nombre.
Pero hoy,
conjuro tu imagen
con sal y ceniza,
tallo en mi pecho el símbolo
del fin.
Nomen mortuum.
VII
Sin rezarlo,
sin merecerlo,
el milagro se abrió paso entre las costillas.
Me miró como quien encuentra algo sagrado entre las ruinas.
Y sin pedirme nada, me enseñó a respirar otra vez
Acarició mis huesos rotos,
y los nombró uno por uno
para devolverles su forma.
No me miró como posesión,
me vio como un cuerpo cansado
y no quiso tocarlo,
solo cubrirlo.
Una diosa,
sin templo,
sin dogmas,
solo manos suaves
y un nombre que no dolía.
Me habló en otro idioma.
Uno que no sangraba.
Y yo,
que creía estar muerto,
respiré.
Por primera vez,
no con terror,
sino con ternura.
Su luz no cegaba,
su amor no ardía.
Solo me enseñó
que podía vivir
VIII
Qué alivio, para los dos
que tu recuerdo no sea
lo último que vean mis ojos cuando me muera.
Qué alivio,
que el amor no tenga que doler
para sentirse real.
Qué alivio,
que el aplauso ya no sea silencio,
sino celebración.
Qué alivio,
mirar la luna sin sentir que me devora.
Qué alivio,
dejar atrás el altar del sufrimiento
para arrodillarme
solo ante la paz.
Y yo,
que fui ruina,
ahora soy templo.
Qué alivio.
Qué bendito, eterno,
santo
alivio
que el milagro no viniera de su regreso,
sino de su ausencia.
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