Siento que necesito bajar a tierra todo lo que vengo leyendo sino me va a quedar en un mambo mental que es cada vez más extenso y enredado. Comprendí que la locura viene por la acumulación de conocimientos no bajados a tierra, no explicados, no comprendidos, en definitiva.
Sé que no es necesario reseñar todos los libros que se leen. Algunos pasan sin pena ni gloria, ya sea por su contenido, o por la propia incapacidad de uno mismo para rescatar lo que allí dice de útil, interesante, o simplemente bello. Pero creo que al menos una breve catarsis personal sirve para dar sentido.
Antes, cuando terminaba de leer, sabía de manera muy clara si debía reseñar o no. Había algo en lo que había leído, que me movía lo suficiente para darme cuenta sin pensar demasiado, que eso debía ser exteriorizado. Si no me había movido, simplemente no lo reseñaba. Ahora me encuentro con un dilema, puesto que ciertas cosas no me “mueven” quizás como lo hacían antes, pero no puedo dejar de notar que tienen un potencial altísimo. No quizás para mí, o no quizás para mi yo de este momento, pero puede ser útil para alguien más. Ahora estoy con esos dilemas, porque vengo de una serie de lecturas que siento que me aportaron cosas significativas, pero a la vez las tengo muy dispersas por la dilación en bajarlas a tierra. Así que mejor vamos una por una. Paso a paso, como diría Mostaza.
Primero quisiera hacer una regresión bastante exagerada, hasta mis tímidos comienzos en la lectura consciente. Borges: porque me entró hasta por las orejas en la escuela, gracias a Dios. Todavía no me olvido ese día en octavo grado que tuvimos que leer “La casa de Asterión”, y hubo algo en ese cuento que me dejó perplejo. Primero que nada, el extrañamiento que producía que el narrador sea quien uno sabe desde el principio que es “el malo”. Luego las líneas finales, el cambio de narrador.
« El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.»
La imagen de una luz rebotando en una espada, con el cielo de fondo y quizás, por qué no, el mar, quedó grabada en mi memoria. Luego, que «apenas se defendió». Algo de eso me destrozó, movió algo dentro mío, e hizo que quisiera leer más. Luego leería El Sur, Emma Zunz, Funes, El Aleph, El Golem, etc.
Ese hecho fundacional, desplegó en mí, lo que hoy en día puedo reconocer como dos líneas de lecturas muy marcadas: por un lado, la tradición literaria/filosófica (ahora mismo Mattio/Benjamin), y las lecturas más ligadas a lo místico y la Cábala (ahora mismo Sabán/Scholem). Esta última línea mucho más tardía y se podría decir que menos explorada, pero con un grandísimo grandísimo, quizás interminable, potencial.
La primera línea, la literaria/filosófica, confluyó en mi mente con la segunda por medio de Saer. Es decir que gracias a Saer (con quien tuve una especie de «desdoblamiento»), mi mente de alguna manera «despertó», no sé ya qué términos usar para definir esta experiencia. Leyendo, y más que nada releyendo, mi mente, obligada por la concentración que requería la lectura, hizo un click.
Luego de la sorpresa y el primer fascinamiento que me produjo el autor, empecé a dilucidar —o intentar dilucidar— los mecanismos de la escritura que me produjeron semejante cambio psicológico. Claro está que mi primera conclusión no fue que este cambio de percepción se dio a causa de la lectura, sino que llegué a ella a fuerza de más lectura. No sé cómo explicarlo, pero empecé a verme como desde fuera, como si de pronto muchas cosas que me estaban vedadas por verlas desde un punto de vista, ahora se desbloquearan gracias a una vista panorámica. Me pude juzgar con más honestidad y misericordia. Y no sólo a mí mismo.
Luego de este pequeño gran acontecimiento, que sólo tenía importancia en mis adentros, y el cual no sabía cómo exteriorizar correctamente, volví a leer Borges. Doble maravillamiento. Empecé a leer con más atención, buscando llenar los espacios vacíos, hasta que llegué a la Cábala. Luego buscando, me doy cuenta que el tal Scholem, con quien hace rimar Golem en el poema, era justamente el primer historiador de el misticismo judío. Ahí fue que empezó la locura que me trae hasta hoy muy entusiasmado (sin contar las infinitas referencias cabalísiticas de Borges).
Luego, leyendo libros de Cábala, ya no sólo sobre su historia, llego a Mario Sabán, y a esta frase que en unos de sus libros terminó por dejarme perplejo:
«Cuando se revela la palabra en Hod, cuando se expresa el lenguaje, esta energía sube hacia la Tiféret y pregunta si realmente esta expresión se ajusta o se acerca a su interioridad. La palabra no es solo un elemento de revelación de la Tiféret, también es una información que el yo necesita para seguir ascendiendo. El lenguaje (Hod) sirve de expresión y comunicación, pero sobre todo comunica al yo. El yo se puede «desdoblar» a través del lenguaje y se puede enseñar a sí mismo por este desdoblamiento lingüístico. La palabra del yo no solo revela: también educa al yo con las enseñanzas ocultas que este yo poseía en forma secreta.»
Ahí fue que entendí que había algo en las palabras que sobrepasaban su dimensión comunicativa, y que tienen un poder enorme para ayudarnos a mejorar nuestra percepción de la realidad y nuestra vida en general.
Poner en palabras los pensamientos te obliga a nombrar. Mientras más preciso sea ese nombrar, mayor será la capacidad de comunicación.
Hay una relación entre la palabra y su manifestación física. Según los cabalistas, con la palabra de Dios se creó el universo. Siento que en la antigüedad había una relación un poco más directa entre lo que queríamos decir y lo que decíamos, es decir, entre cómo la palabra suena y lo que quiere decir. ¿A qué me refiero con esto? Pongo un ejemplo básico: el efecto Buba/Kiki. Definido como una asociación mental no arbitraria entre ciertos sonidos del habla y ciertas formas visuales. Si yo preguntara a qué forma geométrica se asocia más el sonido “buba”, ¿dirías a un círculo o un triángulo? ¿y cuál sería la respuesta si el sonido fuera “kiki”?
Siguiendo esta misma lógica, creo comprender que el lenguaje que utilizamos en la cotidianeidad también posee esta propiedad original, donde la palabra no sólo describe, sino que de alguna manera moldea la realidad. Pareciera haber una relación directa y casi física entre la vibración de lo que decimos y el efecto que genera en el mundo.
«Cada palabra contiene infinidad de universos, infinitud de sentidos ocultos, dicen los cabalistas. Pueden así estallar cientos de símbolos a través de una sola palabra. Hay que estar atentos a la palabra, no solo como vehículo de comunicación, sino también como fuente de un manantial de símbolos»
Sé que esto es una ensalada, pero los esfuerzos que hago para ordenar el caos mental darán sus frutos poco a poco y seré un poco más claro. Prefiero la imperfección artesanal antes que la perfección artificial. Por lo pronto, dejo abajo algunas de las lecturas referenciadas. Ya volveré para reseñar de manera más puntual lectura por lectura.
Grazzie
Bibliografía
Borges, J. L. (1949). La casa de Asterión. En El Aleph. Losada.
Borges, J. L. (1960). El Golem. En El hacedor. Emecé. (No citado, referenciado indirectamente)
Sabán, M. (2021). Daat El conocimiento Las 44 energías ocultas Del árbol de la vida. Jojmá Ediciones.
Saer, J. J. El concepto de ficción, Glosa. (No citado, referenciado indirectamente)
Ramachandran, V. S., & Hubbard, E. M. (2001) — Synaesthesia: A window into perception, thought and language. Estudio científico donde se analiza el Efecto Bouba/Kiki y los mapeos no arbitrarios entre sonido y forma en la evolución del lenguaje. (No citado, referenciados indirectamente)
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.


Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión