Bueno. ¿Cuantas puntos de partida han muerto, en vano? No sé. Prefiero dirigir lasa recien nacida energía en retomar mi rumbo y hacer mi vida de nuevo mía. Ordenar un poco los tareas que vengo acarreando en los cajones de mi cabeza, sucios, polvorientos, con proyectos que mejorarían mi vida pero se hallan desperdigados por mi conciencia para cansarla más y más, día tras día. Quien sabe cuanto faltará para hacer realidad mis sueños. Pero por mientras debo hacer disfrutable este tránsito. Estirar mi cuello, ordenar mis papeles con escritos para que no ser comidos por el olvido, practicar mi actuación; Quien sabe que otra cosa más se me estará olvidando.
Hoy salí. Fui a una junta decora, un estilo de ropa japonesa... ¿O era una subcultura? No lo sé, mi ignorancia me sorprende cada vez más. Pero bueno, algo positivo: Estuvo muy divertida. Pude interactuar con gente muy colorida y amable con la que nunca antes había hablado, lo cual suma puntos al tipo de desafío que al yo tímido, ansioso y siempre alarmado le costaría asumir. Ya sabes, típica historia adolescente. Pero me aflora un sentimiento en la zona baja del estomágo, parte tan carente de glamour y erotismo, y me adiverte que el fin está cerca, que mi adolescencia ya no tiene la misma vigencia, y la excusa está tan cansada de ansias por una primavera que no llega; Siento como se me acaba el tiempo. Los días transcurren con una gravedad cada vez mayor, y yo no crezco: Me hundo, o lucho por no hundirme, lo que produce que me hunda un poco menos. Pero estoy feliz. Por unos instantes (y con eso me refiero a todo el día de ayer) la flojera me estaba llamando para de nuevo quedarme en lo cómodo. Sin embargo, el domingo pasado me salvó.
Ese día, vi como en el canal cinemax habían transmitido la película "little miss sunshine". Con aquella herramienta capaz de generar un vieja en el tiempo, retrocedí y la reproducí desde el inicio. Y aunque había ingerido aquel mensaje de muchas maneras, a través de comprimidos o, a veces, de jarabes, se me quedó esa frase. Parafraseando, el abuelo le decía a su nieta asustada que el verdadero perdedor es el que no intenta.
Me hizo sentir más valiente el día de hoy.
Hay algo que quiero plasmar antes de irme, un poco para compartirlo pero, más que nada, para conservarlo bien posicionado en mi memoria y asegurarme de exprimir todo su valor: Hoy fui espontáneo. Antes de llegar a la junta, estaba esperando la micro en medio de la lluvia. No aparecía ninguna que me servía. Entonces un hombre me llamó la atención. Creo que llevaba buso, un jockey. Por supuesto, un acento flaite. Rondaba los veintitreintas. Un típico hombre que sería una amenaza no solo por el peligro que un estigma podría señalar, sino por toda la confianza que desprende. Pero me llamó. Creo que se refirió a mi como chico o que se yo. Estaba junto a un taxi que se había detenido, puerta trasera abierta. Me preguntó a través de la lluvia si es que iba al metro. "Sí". Entonces me invitó a subirme. Y allí estaba, sin darle espacio (o casi nada de espacio) a la duda, y dejándome llevar por una oportunidad tan inusual que no pude evitar seducirme por ella. Y hablamos. Le saqué conversa. Bueno, no la más apasionado, pero sí fui humano. Fuimos humanos. Le permití que me conociera un poco en ese breve recorrido de un taxi cuyo conductor nos sinceró, con reto, que siempre se le olvidaba iniciar la carrera del taxímetro. Y fuimos humanos. No fui un perdedor. Tampoco un ganador. La vida, creo yo, es más sencilla si no vas encasillando con calificativos tan binarios. Creo yo, a pesar que de vez en cuando, mi mente se enfrasque en aquella batalla.
Nos bajamos. Le agradecí. Y fue bueno. Fue bueno aquel momento.
¿Cuanto faltará para que mis sueños se hagan realidad? Me mentiré, o le daré pie a la esperanza, y tendré la valentía de decirme: "No mucho"
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