Hoy me desperté temprano, como quien intuye el final de un libro que ama un silencioso pecado. Ordené mi pequeño mundo, doblando las telas del ayer con cuidado y dejé mis cosas en manos de un mundo prestado.
Me bañé por horas, como si el agua pudiera absolver mis pecados; dejo que corra fría sobre mi piel y arrastre la culpa de querer dejar de ser. Me exfolio despacio, como quien prepara un cuerpo para el descanso de los astros. El agua helada cae en mi cabeza: tiemblo, no de frío, sino de deseo al olvido.
Huelo a jabón y despedida. Me unto la piel con crema de lilas, cepillo mi pena, la peino de lado. Me visto despacio, con pulso cansado; frente al espejo besé por última vez el reflejo de un alma que solo supo correr.
Llamaré a mi madre, mi eterna creyente, la que aún ve en mí a su hija valiente. Hablará de mi futuro con brillo en la mirada, como si aún pudiera salvarme de la nada. Dirá que siempre fui su hija estrella, la que soñó tan alto, sin saber que en mi pecho ya todo es asfalto. Su orgullo me dolerá, dulce y punzante, como un espejo que miente, pero es constante.
Hablaré con mi abuela, su voz llena de orgullo y calma, sin saber que la mía se quiebra en el alma. Me hablará de un mañana que nunca veré, mientras que ella no nota que ya me apagué. Mi hermano dirá mi nombre con ternura infantil, sin saber que su estrella ya dejó de brillar sutil. Mis primitos reirán, tan puros, tan nuevos, ajenos al peso de mis viejos miedos.
Al fondo ladrarán mis dos perros de antaño, esos que crecieron conmigo sin engaño. Sus ojos me mirarán con un amor tan sincero que dolerá pensar que pronto no los veré más, ni al pequeño cachorro que corre ligero, sin saber que ya no estaré para verlo tropezar.
Caminé por los caminos que me vieron en parte crecer; cada paso era una hoja cayendo, esperando el atardecer. El parque me ofreció su canto, y los pájaros trazaban círculos sobre mi cabeza, como si adivinaran mi entrega. Comí un helado para probar su dulzura… y efectivamente, ahora estoy segura.
El mar me llamó y obedecí. Sentí la brisa acariciar mi piel mientras descalza corro hacia el falso amanecer. Mis pies se hundieron en la arena como raíces buscando su origen, y mi vestido se mojó mientras el agua me habla de besos que afligen. Floté mirando el cielo; sentí cómo cada ola me entendía, cada una me decía: “descansa, hija del oleaje y tormenta divina”.
En la mesa hay un vino, un cristal que me nombra. La lámpara tiembla, el reloj se demora. La noche respira, el dolor se enamora. Al atardecer, mi habitación fue jardín; alguien tocó a la puerta y la habitación se llenó de lirios como si fuera festín. Se encendió la radio y la música empezó. Y hay algo en el naranja del cielo, algo que murmura que ya no hay regreso y mi corazón tropezó.
Entré al baño una última vez y la música sonaba, me daba calidez. Hay cinco pétalos bajo mi lengua, cinco recuerdos marchitos, mientras que de mis brazos corren dos ríos tintos. Me acuesto en la tina: el agua me cubre, me limpia, me canta. Mi pecho aún late; el agua torna rojo y la espuma me encanta.
Los lirios se abren, me cubren el pecho como si la vida pidiera su trecho. Cierro los ojos, el ruido se borra; la pena descansa, la mente no implora. ¿Cómo es posible un color rojo tan brillante, tan hermoso, vibrante y, para otros, espeluznante? El agua se desborda de la tina, corre por la habitación, y los lirios en ella: no hay grito ni drama, no hay fin ni tormenta. Solo una caricia que todo reinventa.
El agua sube, me cubre los ojos, y el vaso se quiebra porque el vino se cae de mis manos. La habitación parece una escena digna de novela; siete minutos han pasado y ha llegado mi hora. Quizás la muerte no miente: simplemente besa lo que duele en la gente.
Entre olas y lirios, una voz suave en el piano murmura: “Slow down, you crazy child…” como si el mundo aún quisiera que me quedara un rato más. Pero yo corro tan rápido hacia mi final que ni Vienna sabría esperar.
Cuando el alba despierte y no esté junto a ti, deja al sol consolarte, no llores por mí. Perdona mi fuga, perdona mi pausa, y si alguien pregunta qué fue de mi vida, di que fui lluvia… buscando pura poesía.

Emily Grey
Bienvenido a mi lugar seguro donde comparto los tormentos de mi mente o como me gusta llamarlos; poemas
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