No sé por qué, pero una tarde, al anudarme la corbata, he recordado la antiquísima imagen de Anna, mi vecina de cuando nos mudamos a un barrio fino. A la que yo veía entre las cortinas cuando se desvestía. Me ha recordado a como me gustaba imaginarmela ahorcada, con los ojos en blanco, en un último éxtasis.
Es algo insólito, yo creo que esa obsesión nunca se me iba a disipar hasta que yo no la tuviera bajo mi manto, y me mirara con esos ojos avellanas en un hilito de desesperanza. Qué iba a saber yo del porqué de mi extrañeza. De mis mañas. De esa forma en que mis dedos buscan con esmero la rigidez de una piel que se impregna de temor. Yo solo sé que soy un nido de contradicción, porque la impulsividad nunca fue lo mío, ni siquiera la histeria, ni mucho menos el desorden, o un acto que se dió de la nada.
A mí me gusta observar.
Me imaginaba mis manos sobre ella, en esa pelea de querer abrirle la piel, o de tener un gesto de mimo, que le siguiera mi instinto de querer devorarla.
¿Sabés? Ese acto de estar ahí, viendo, percibiendo. Te le conocés la rutina, te ponés a imaginarte que estará pensando, a dónde irá, de que color son esas braguitas, ¿será que le gustarán las frambuesas aplastadas tanto como a mí? De pronto te la imaginás muerta, color olivo, mantos blancos, quieta, serena. Le tocas la piel, porque es la única forma de que puedas apreciarla sin tener que tener la amenaza latente a cada instante. Por eso, por allí la idea de matarla me era frecuente.
La volví a ver, cuando me paseé por esas calles que no veía desde que tenía 19, y había entendido que Anna no transitaba más por allí, porque había ido a la facultad, mientras yo me volvía un vago carente de raciocinio por el estudio. La vida se me había resumido en el disparo de mis perversiones. Pero, decidí andar por ahí por si se me daba la casualidad de volver a verla. Tendría veinticuatro, al igual que yo.
El corazón me tembló, pero no supe ni por qué.
No distinguí si fue la emoción, los recuerdos de sus glúteos mielosos, o las veces que me imaginé como sería escuchar su último suspiro de vida. O bueno, también podemos ponerle a que me podría haber enamorado. Sin embargo, cuando te enamorás no te la imaginás muerta por tu mano. Solo sé que el corazón me latía a mil cuando la vi en esa noche.
—¿Anna? —Le soltaba con sencillez y ciertamente, sentía que la voz me salía con tímidez. Estuve anonadado por ese cabello de ondas anchas que le caía por el pecho, y la forma en que no había cambiado la costumbre de usar vestiditos que parecían de cuento. —No pensé que te iba a ver hoy —Anna me miró de la forma en la que ves a un muerto. Anna me miraba con esos ojos que se pintaron azabache, como si el peligro estuviera presente. Y tenía razón. Ella no sabía cuantas veces me la imaginé chiquita en el piso, con las mejillas carentes de color, quietecita, rendida, como si finalmente hubiera entendido que me pertenece. Le olí el pánico, y me quedé absorto. Anna era la primera mujer que quería que simplemente me dejara tocarle la piel con la ligereza del roce de una pluma. La iba a tener que matar, y ella lo suponía.
No siempre tengo que ser violento. La caricia está en mí. Aunque puede que sienta que los dedos se me quiebran en ese roce. Pero vos vas a querer correr y gritar cuando me veas, y yo voy a tener que controlarte. Yo no puedo negar el instinto que nace de mí, porque aún si la impulsividad no es mi nicho, el controlar y obligar siempre me han ido de la mano.
Me amargó su insensatez. El corazón se me relajó, pero mi cuerpo me pidió a gritos hacer lo de siempre. Corrió, y yo fui tras ella como alguien que quiere atrapar una presa. Corrímos, como la chiquilla es bajita, me bastó poquísimo alcanzarla. Hay algo que me detona todo y es cuando atrapo el cuerpo y lo tengo entre mis dos manos. Yo sé que ellas piensan que yo soy un casto de sentimientos, y que ni siquiera siento emoción alguna. Sin embargo, yo podía sentir la fragilidad transmitida de ese cuerpo que luchaba con intensidad. Le había olido el miedo hace una cuadra, y claramente mis brazos se habían impregnado de ese carácteristico terror.
—Escúchame bien Anna, que antes no lo hice, porque yo antes pensaba que me había enamorado y pensé que no iba a ser capaz de siquiera poder tocarte la mano —la arrastré por las calles que me conocían bien. En rincones donde estuve antes y que me abrazaban una vez más. —Y dirás que capaz tengo rencor porque no pude siquiera decirte algo. Pero honestamente, la rabia me nació porque me di cuenta que naturalmente en mí nació un límite.
La quería morder, masticar, rasgar, violentar. Quería beberme su sangre hasta que el sabor a hierro me contaminara. La quería hacer sangrar, que me rogara porque me calmara. Le quería azotar la cara con la violencia que se me acumula en los puños. La quería patear, ahogar, pisotear. Quería arrancarle la ropa, estamparla contra la suciedad del concreto y la tierra espolvoreada con hormigas de desechos. Quería romperle la inocencia, la humanidad. Vos sabés de lo que hablo. Es ese toque de perderse entre la lujuria que te nace de ese toque humano que nos carácteriza. Le das a la víctima una detallada descripción de su muerte, y mantenés en todo momento una extraña e inocente sonrisa en los labios. Ese placer que experimentas es parte de ser humano, aún si es porque la otra tiene la cara reventada. Lo digo, porque es ese instante que posees la normalidad que constituye tu obsesión. El límite, no es límite si alguna vez ya habías estado al otro lado.
—Nos hubieramos quedado con la versión donde simplemente te veía, e ibas a venir a buscarme. Pero tal parece que quisiste que sea de esta forma. Va. Tal vez la única forma de poder acariciarte sea cuando estés muerta —tenía el cuchillo en la diestra, y con la otra la apretujaba contra el piso. Ahí me di cuenta de mi incoherencia. Nunca la había podido tocar, porque tocar no es lo mío. A mí me gusta el acto de ultrajar y que sientan que me estoy comiendo su carne. Entonces, la apuñalé. Usualmente no es que lo haga, pero esta vez yo pensé que se iba a ver tierna. Me hundí en ella, sentí la analogía. Y de ella brotó ese líquido que siempre es mi delirio. Le lamí la sangre, ella asustada, más quieta, rogandome que no la mate. —Usualmente me ruegan que les mate, o que les deje ir, siempre supe que ibas a ser diferente —la ropa empapada de sangre me hacía ser más carnal.
La desvestí, hice lo que quise, hice lo que es de manual. Se me mancharon hasta los zapatos, y la respiración se me volvió tormentosa.
Solo quedó el eco de un llanto que se apagó al saber que no podía luchar.
Quietecita. Le acaricé los muslos, me acosté a su lado, mis manos le rozaron esas mejillas acarameladas. Parecían frambuesas aplastadas. Ahora sé que le gustan tanto como a mí. Le di un besito, solo porque la vi bonita. Siempre supe que tengo el corazón dulce, porque se me aguaron los ojos. Se ve preciosa, finalmente Anna estaba calmada a mi lado. La había matado.
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