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Cuánta desdicha es la que cargo encima.
Nadie la ha causado,
no hay culpables para esta ruina.
Solo he sido yo,
yo, en busca de un sentir,
yo, queriendo llorar, queriendo sufrir,
como si el dolor fuera lo único real,
lo único que puedo tocar... y soltar.
Ojalá fuera como ellos,
como aquellos que aman sin medida,
los que se entregan enteros,
sin culpas, sin miedos, sin heridas.
Pero me tocó ser yo:
este que ama en silencio,
el que calla lo que grita por dentro,
este que está dispuesto a dar,
pero nunca aprendió a entregar.
No porque no sienta,
sino porque teme herir,
teme romper lo que toca,
teme al amor y a su porvenir.
Teme dañar al que ama,
pero mucho más, dañar su alma.
Porque sabe que, si ama,
se dará por completo,
con temblores en el pecho,
y el alma en un gesto.
Porque sabe que, si ama,
habrá de todo...
pero, menos calma.
Y él, tan cobarde, tan lleno de miedo,
solo sabe huir,
encogerse por dentro,
desaparecer cuando empieza a sentir.
Es más fácil sufrir —piensa él—,
más fácil llorar por lo que no fue,
que sostener lo que podría doler.
Porque si llega a amar a otro ser,
¿cómo arranca su aroma de la piel?
¿cómo se vive con un alma
que ya no le pertenece a él?
El corazón puede llorar mientras late,
pero si te ama… y un día partes,
solo quedará un corazón
esparcido en partes.
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