¿Qué hora sería…?
Seguramente el reloj de madera que adorna la pared del hotel lo sabría. Sin embargo, en ese momento, el tiempo se volvió un concepto ajeno, desconocido para mi entendimiento. Tuve la certeza de que la hora estaría de muy malhumor por semejante desaire.
La noche, en cambio, había vestido su mejor tela: tan oscura como el infame abismo, con perlas doradas —diminutas y lejanas— esparcidas sobre el lienzo. Me abrazó con suavidad, envolviendo su manto sobre mi piel, aunque las tenues luces de las velas parecían incomodarla, haciéndola retroceder con un gesto ofendido.
No obstante, tampoco era la protagonista de mis pensamientos.
Lo era él.
Con sus labios curvados en ese gesto tan encantador; una sonrisa genuina, amorosa, llena de palabras no dichas. Palabras que, a veces, no bastan para medir lo que se siente. Se quedan cortas, se hacen chiquitas, se pierden en el aire, se enredan con los nervios… y entonces uno se queda mudo.
Por fortuna, comprendo muchos idiomas y lenguajes. Entre tantos, los ojos tienen su propia lengua.
Y él me habló con la suya, con su mirada granate. Elaboraba las oraciones más melosas que jamás había oído; se derretían en mi lengua como un postre que me incitaba a sonreír.
Sostenía una cajita con su corazón entre las manos, y entre sus latidos pude distinguir la frase que une a dos personas —dos almas que se reconocen— para el resto de la eternidad.
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