La gente no la entiende cuando habla. Es como si hablara otro idioma, como si fuera extranjera, como si desde pequeña hubiera creado su propia lengua materna. Tiene ya veinticinco años, pero aún así a veces hace como cuando era pequeña: habla por lo bajo, pensando que nadie la escucha, diciendo algo inteligible, algo que parece sacado de otro planeta.
A veces yo pensaba que era como si hablara con alguien junto a ella, en un idioma que solo ellos entendían, solo que nunca había nadie allí ni nadie que la comprendiera.
Yo tampoco lo entendí por mucho tiempo.
Pero un día la encontré; no la respuesta, no, eso sería muy fácil, muy simple. Al día de hoy, no hay respuesta a ese enigma que la atormentó tanto a ella como a nuestra familia. Un enigma del que nadie me habló, un suceso que jamás se mencionó tras mi nacimiento. Pero la encontré a ella, puramente a ella, porque aún habiéndola conocido toda mí vida, mi hermana mayor siempre había sido un enigma.
Ese día, cuando la crucé cerca del cementerio, me miró de arriba abajo, analizando mi uniforme de la escuela. No era con sorna, ni juzgando, sino como si realmente nunca me hubiera visto vestida de esa forma, como si nunca hubiera registrado siquiera que iba a una escuela. Nunca sentí que ella me hubiera reconocido como persona, mucho menos como hermana, no por maldad sino más bien porque parecía que vivía en las nubes. Yo pensé que solo era rara.
Pero ese día se veía completamente lúcida. Cambiada. Esperé su reacción usual cuando ve algo que le interesa, comentar por lo bajo en su otra lengua, pero esa vez no lo hizo. Solo asintió en mi dirección y pasó a mi lado, dio la vuelta en la esquina y desapareció.
Confundida, decidí seguirla, sin saber a dónde iba ella, y entonces, por ende, yo. Tenía la tarde libre, me picaba la intriga, y yo solo era una niña de catorce años. Así que fui detrás suyo, dejando una distancia prudente entre nuestros pasos. Ahí fue cuando la vi entrar al cementerio, cruzando las rejas de hierro, y caminó a paso lento, muy lento, hasta detenerse frente a un cenotafio.
Alrededor del monumento, un montón de tumbas estaban decoradas con molinillos de viento, flores y pelotas de colores. Claramente pertenecían a niños que allí descansaban. Mi hermana se había detenido frente a una en particular, frente a la que, luego, se arrodilló. Cerró los ojos y comenzó a hablar.
Me acerqué lentamente. Vi la escritura de la lápida. Las palabras de ella seguían sonando, inentendibles, pero fluidas. Mismo apellido. Misma fecha de nacimiento que mi hermana. Día, mes, año. La fecha de su muerte, siete años después.
Ella le seguía hablando en ese idioma, tanto años más tarde, arrodillada frente a la cruz, contando algo a su mellizo; algo que nadie, ni yo, jamás entendería.
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