Adquirir el hábito de la lectura
es levantar una morada secreta
en medio del derrumbe.
Porque hay días
en los que la realidad se vuelve inhabitable:
las voces pesan demasiado,
el mundo cruje en sitios irreparables
y hasta el propio pensamiento
parece una habitación sin oxígeno.
Entonces aparece un libro.
No como evasión,
sino como umbral.
Uno abre sus páginas
y algo antiquísimo sucede:
la soledad cambia de temperatura.
Las miserias continúan afuera, sí,
pero ya no encuentran la misma persona
sentada frente a ellas.
Leer es permitirle a otras almas
habitar momentáneamente nuestra ruina;
descubrir que alguien, siglos atrás,
también sintió este vacío viscoso,
esta nostalgia sin biografía,
este cansancio de existir
sin encontrar una lengua suficiente para nombrarlo.
Y quizá por eso
los lectores nunca están completamente solos.
Van cargando bibliotecas invisibles
debajo de la piel:
refugios hechos de tinta,
de pensamientos ajenos,
de frases que aparecen justo a tiempo
para impedir que el mundo termine de romperlos.
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