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Lautaro.

Melina

Aug 3, 2026

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Veo el reflejo que me presenta el espejo. Me observo y no me reconozco. Unos ojos hinchados y rojos, cargados tristeza, de un inmenso dolor que parece cobrar vida al observarlos. Unos ojos que se encuentran postrados en mi pálido rostro. Una cara llena de angustia, una enorme angustia que arrastra una inentendible agonía. La perdida por culpa de un gatillo fácil, la vida arrebatada de mi primo, un chico mucho más joven que yo, para quien yo deseaba una vida llena de montones de experiencias cargadas de aprendizajes. Mientras escribo, entre los dedos de mi mano izquierda posa un cigarro empapado por las lágrimas que escurren de mis ojos. ¿Por qué? Me pregunto desde entonces. ¿Por qué paso como paso? De todas las zonas del cuerpo, ¿por qué apunto hacia su cabeza? ¿Cuál era la necesidad? La tristeza no me deja razonar. Una acusación pública que mancha su nombre y pesa el doble. Me duele el corazón. Me duele el corazón de una manera que jamás pensé sentir.

Siempre me prepare para la muerte, para la perdida, para la ausencia, pero no de esta manera, no cargada de un sentimiento de inquietud. Me prepare para la perdida, pero no para la de él. Yo, quien tengo una familia chica, siendo pocos, pero siendo unidos, me era imposible no ser consciente de que aquellos más adultos serian a quienes yo vería y lloraría al irse. Me prepare para ellos, nunca me prepare para él, para aquel que nació tres años después que yo.

No puedo dejar de llorar. El dolor absorbe y ocupa todo mi ser. Mis días pesan, duelen. El reconocer su muerte, el aceptar su ausencia, el saber que ya no lo voy a ver más que en fotos, que no lo voy a escuchar más que en audios, que no lo voy a sentir más que en sueños, me tiene tirada, agarrando mi pecho en un vano intento de acariciar mi herido corazón. El dolor de la injusticia. El amargo sabor que deja todo esto no se me va de la boca. Intento concentrarme en otras cosas, hacer para no pensar, pero me termino encontrando mirando nuevamente un punto fijo, pensándolo de manera inconsciente y sintiendo el tan conocido nudo cargado de tristeza que amenaza con soltarse en contra de mi voluntad, haciendo visible mi vulnerabilidad. Un dolor, una tristeza, que toman vida a través de mi rostro, de mis facciones, de mis ojos, de mi piel y de mis palabras.

Su ausencia se siente tan presente para mí.

Más que nunca me duele. Duele de una manera que no encuentro palabras para poder explicarlo. Solo yo, solo mi familia, solo nosotros lo entendemos, porque a nosotros es a quien él hizo más feliz.

Una silla vacía que llena la mesa familiar. Nos encontramos todos sentados alrededor de una mesa la cual sostiene una vela blanca y alta que ilumina toda la habitación, alumbrando nuestros desechos rostros, haciendo ruido en medio de nuestro ensordecedor silencio. No estamos nosotros, son nuestras almas hechas pedazos que se encuentran sentadas sintiendo el enorme peso de la única silla vacía en la habitación.

Su ausencia invade nuestra habitación.

Melina

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