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Las profundidades de mi ser.

John

Dec 1, 2025

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Las profundidades de mi ser.
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He vuelto a caer. La dulce melodía que canta la oscuridad desde lo profundo del pozo es, sin duda, convincente. 

Atrapa con sus hilos los torpes pensamientos que rondan persistentemente sobre mi sentir. Estos mismos, de por sí, son afilados. Imaginad pues como de nocivos han de ser una vez devorados por la negra dama. 

Apuñalan mi rostro, mi pecho, mis manos, mis muslos, mi espalda. 

Y, para colmo, ni siquiera dejan huella en la piel. Un enemigo invisible, silencioso. Uno de fina labia y manos callosas; de piel de melaza y voz armoniosa. Uno de sonrisa blanca y mirada profunda. Uno de postura torpe y bellos movimientos.

Pero, si es imperceptible al ojo humano, ¿cómo puede ser descrito con tanta fragilidad? La respuesta es sencilla: Se deja ver brevemente durante las frías tardes de invierno; y, también, en la oscuridad del otoño; en el calor del verano, incluso; o en las mañanas de primavera dónde los grajos cantan con dulzura.

Es de naturaleza ruin, pues su alma es de una composición misteriosamente cruel. Se deleita sumergido en las frías aguas mientras nos arrastra, como presas, a su frío reino de dolencias. Ahí me encuentro yo. Bajo un techo de cristal, solitario, y con las manos llenas de cortes.

Suplico clemencia, piedad, incluso penitencia. Suplico que me arrope aunque sea unos segundos. Pero nada. Él practica el ser monarca; y lo hace bien. Me tiene acorralado entre sus garras y yo, víctima de mi propio pensar, mantengo mi cuerpo pegado a los fríos suelos. 

¡Dejad mis ojos marchar! —le suplico mientras me tiembla la voz.

Ríe. 

¡Dejad mi cuerpo morir!  —le suplico mientras me arrodillo bajo sus pies.

Ríe.

 —¡Dejad mi corazón cantar! —le suplico mientras beso, con cierta acritud, las cicatrices que sus manos portan. 

No ríe. Ya no.

Miró mi rostro y asintió. Aquella petición parecía apropiada. 

Me tomó de las muñecas y lanzó mi cuerpo dentro de una estancia profunda, oscura, fría.

Sólo se observaba, desde abajo, un hueco circular desde dónde, de vez en cuando, entraban suaves rayos de sol. 

Cantó durante años. Nadie lo escuchó.

Quizás el torpe rojo enmudeció aquella noche.

John

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