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Las primeras piezas

Aug 17, 2026

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Ella tenía cuatro años.

A esa edad, una niña debería preocuparse por cosas pequeñas.

Por una película que quería volver a ver.

Por un caramelo.

Por jugar una tarde entera sin mirar el reloj.

Por correr hacia su mamá cuando tenía miedo.

Ella también hacía esas cosas.

Pero, sin saberlo, ya estaba aprendiendo a prestar atención a cosas que una niña de cuatro años no debería tener que observar.

Su memoria de aquellos años no es completa.

No tiene una historia ordenada.

Tiene flashes.

Imágenes sueltas que aparecen de vez en cuando, como si alguien hubiera tomado las páginas de su infancia, las hubiera arrancado de un libro y las hubiera dejado esparcidas por el suelo.

Ella pasó muchos años sin entender por qué algunos recuerdos habían quedado tan grabados y otros se habían perdido.

Hoy sabe que no todo lo que vivimos se queda en forma de recuerdo.

A veces queda en el cuerpo.

En los miedos.

En las reacciones.

En la manera de mirar a los demás.

En aquello que nos incomoda sin saber explicar por qué.

Uno de sus primeros recuerdos tiene que ver con un hombre.

Un hombre que comenzó a formar parte de la vida de su mamá.

Hasta entonces, el mundo que conocía era mucho más pequeño.

Estaban ella y su madre.

Y aunque su padre existía, había elegido no ocupar el lugar que le correspondía.

Ella era demasiado pequeña para comprender qué significaba que un padre decidiera no hacerse cargo.

No sabía ponerle nombre al abandono.

No podía entender por qué alguien podía elegir no quedarse.

Pero los niños perciben las ausencias incluso cuando nadie se las explica.

Y entonces apareció alguien nuevo.

Alguien que empezó a ocupar espacio dentro de su casa.

En la vida de su mamá.

En su rutina.

En aquello que hasta ese momento había sentido como suyo.

Ella no lo aceptó.

No sabía exactamente por qué.

Solo sabía que no le gustaba verlo cerca de su madre.

Le molestaban sus gestos de cariño.

Los abrazos.

Los besos.

Las demostraciones de amor que compartían frente a ella.

Sentía rechazo.

Un rechazo que, para los adultos, probablemente parecía inexplicable.

Pero para ella era real.

Era su manera de decir que algo le incomodaba, aunque todavía no tuviera las palabras necesarias para explicarlo.

Con el tiempo, aquel hombre dejó de ser alguien que simplemente visitaba la casa.

Comenzó a formar parte de ella.

Y entonces llegó una de las primeras cosas que su memoria conserva con claridad.

Una habitación.

Dos espacios separados por una cortina.

La sensación de estar ahí.

De escuchar.

De saber que algo estaba ocurriendo del otro lado.

Ella no tenía la edad suficiente para comprender lo que escuchaba.

Pero sí tenía la edad suficiente para sentir vergüenza, incomodidad y miedo.

Durante mucho tiempo tuvo que convivir con sonidos y situaciones que pertenecían al mundo de los adultos.

Situaciones que una niña no debería haber tenido que presenciar ni escuchar.

La cortina separaba los espacios.

Pero no podía separar lo que ella sentía.

Y así comenzó a aprender algo que tardaría muchos años en comprender:

que una casa puede tener paredes y, aun así, no sentirse como un lugar seguro.

Por esos mismos años, hubo alguien que sí representaba para ella algo completamente distinto.

Su abuela.

Ella no conserva demasiados recuerdos de todo lo que compartieron.

Y quizás esa sea una de las cosas que más le duelen.

No recuerda cada conversación.

Ni cada día.

Ni todo lo que hicieron juntas.

Pero recuerda cómo la hacía sentir.

Querida.

Su abuela estaba enferma de cáncer.

Y aun en medio de una enfermedad que lentamente le estaba quitando fuerzas, encontraba momentos para ella.

Una película.

Un caramelo.

Una tarde sentadas juntas bajo el sol, en la vereda.

Pequeñas cosas.

Cosas que probablemente nadie más habría considerado importantes.

Pero para aquella niña lo eran.

Porque cuando uno es pequeño no necesita grandes demostraciones para saber cuándo alguien lo ama.

A veces alcanza con que alguien se siente a tu lado.

Con que comparta un caramelo.

Con que elija pasar una tarde contigo.

Su abuela la elegía.

Y ella lo sabía.

Quizás por eso aquel vínculo quedó guardado en un lugar diferente al resto.

No como un recuerdo completo.

Sino como una sensación.

La sensación de haber sido profundamente querida.

Hasta que llegó el día que ninguna niña debería tener que recordar.

Ella estuvo ahí cuando su abuela murió.

La vio irse.

Y aunque todavía no podía comprender completamente lo que significaba perder a alguien para siempre, algo dentro de ella cambió aquel día.

No volvió a mirar el mundo exactamente igual.

La muerte entró en su vida demasiado pronto.

Y con ella llegó una madurez que nadie le había pedido.

Mientras otros niños podían seguir siendo niños, ella comenzó, poco a poco, a observar la vida de otra manera.

Todavía no sabía que aquello era apenas el comienzo.

Todavía no sabía que vendrían otros hombres.

Otras casas.

Otros miedos.

Otras pérdidas.

Todavía no sabía que tendría que aprender a diferenciar el amor de la violencia.

La protección del control.

El cariño de la posesión.

El abandono de la libertad.

Todavía no sabía que algún día buscaría en otras personas aquello que había necesitado de niña.

Y tampoco sabía que, muchos años después, sentada frente a sus propios recuerdos, comenzaría a entender por qué.

Pero algunas historias no se comprenden mientras se viven.

Se comprenden después.

Cuando uno crece.

Cuando puede mirar hacia atrás.

Cuando encuentra una pieza que llevaba años perdida y, de repente, descubre dónde encaja.

Ella todavía era una niña.

Y apenas estaba comenzando a juntar las suyas.

Lujan Coronel

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